Relato erótico

Gracias al calentador

Charo
11 de Octubre del 2017

Desde aquel día, le vuelven loco las maduritas. Tenía que ver un calentador que no funcionaba y acabó con un calentón de pelotas.

Fermín – CORDOBA
Amiga Charo, tengo 22 años y la mujer en cuestión tiene 55 años, por lo que considero que entra plenamente en la sección de sexo con maduras, más que nada por la diferencia de edad.
Esto sucedió en agosto del año pasado y la verdad es que fue uno de los más calurosos en 100 años, y a mí, me tocó trabajar. Al menos el calor tuvo su recompensa, en forma de sexo desmesurado y experiencia única. Nunca lo había hecho con una mujer de esta edad, y nunca con una mujer con tanta pasión y ganas de gozar al límite. A partir de aquí, ahora ya me inclino por mujeres de esta edad. De los 50 a los 55, queda un universo de sensualidad y placer para los que nos gustan las mujeres maduras.
Trabajo en una empresa de mantenimiento, y aquella tarde tenía que visitar un piso al que se le había estropeado el calentador.
Otra vez para allí, y para colmo, llovía a raudales, la típica tormenta de verano. Salí de la oficina de manera que luego ya no tendría que volver, e ir directamente hacia mi casa. Chaparrón en la calle, y el chaparrón que me iba a caer por parte de la señora. Toqué el timbre del piso, y me abrió la señora. Conté que debería tener unos 50 años, bien cuidada, muy guapa de cara, con un cabello rubio rizado. Vestía una bata de estar en casa, por encima de las rodillas, pero al mismo tiempo recatada. Se adivinaban unos pechos grandes, pero con la bata no se podía hacer una aproximación del tamaño real. Me dio las buenas tardes, y me hizo pasar a la cocina. Evidentemente, le habían hecho una chapuza. Me subí a una escalera y vi que la tubería superior estaba desencajada, aparte de que el calentador no recibía gas y no se encendía.
– Este calentador lo cambiaremos. Usted no debe pagar nada.
– ¿Pero el fallo dónde está? – dijo ella.
– Bueno, no recibe gas, no produce chispa, está para tirarlo.
– Ya.
Cerré la llave de paso al ver que olía a gas, y es que lo perdía por arriba
– Justo – dije – Súbase si quiere, y verá el tubo. Esta medio podrido.
– Vale, subo, pero sujéteme la escalera.
Cogió y subió. Yo aguantaba la escalera, y no me atrevía a levantar la cabeza, pero claro, el instinto me la hizo levantar. Lo que vi me puso malo. Debajo de la bata solo llevaba una braguita tanga, que no tapaba ni la mitad de su peludo coño. Se le salían los labios por los lados, y apenas tapaba su hermoso agujero trasero. Para mí que se dio cuenta, y juntó las piernas, que eran gruesas, pero no celulíticas, y solo pude ver sus preciosas nalgas, algo caídas, pero para nada despreciables. Bajó inmediatamente.
– Vaya, ya he visto el agujero de la tubería.

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– Si, respondí. Yo también lo he visto.
– ¡Ya, ya! – exclamó ella, poniéndose un poco colorada.
Me acompañó hasta la puerta, y me preguntó cuánto iban a tardar en cambiárselo. Le dije que unos 4 días por lo menos. Me fui para mi casa con la imagen del coño de esa mujer, que, aunque solo había visto un poco, ya fantaseaba con comérmelo enterito.
Pasaron los días, y me llamó la señora, comunicándome que ya estaba puesto, y que funcionaba de maravilla. Yo le dije si hacía falta que pasara por ahí, y me dijo que sí, que me había comprado una cosita por lo atento que había sido con ella. Quedamos que saldría del trabajo a la tarde e iría a su casa. Llegué, llamé, y me abrió. Ya no iba con bata, sino con un vestido con tirantes, que le llegaba hasta un poco por debajo de la rodilla. Ahora sí que podía ver sus pechos. Eran grandes, y se marcaban los pezones. Iba con sujetador, pero los pezones se adivinaban bien. Estaba más arreglada que el otro día, y me invitó a sentarme en el sofá. Ella se aproximó con un paquete y me lo dio, sentándose enfrente de mí.
– No hacía falta que comprara nada, mujer…
– Si, si, que te portaste bien. Ahora ábrelo.
Lo abrí, y era una camiseta de color azul marino. Le di las gracias, y ella se arrellanó un poco más en el sillón donde estaba sentada, así se le abrió un poco más el vestido por la falda, y pude ver que llevaba las mismas braguitas que el otro día. Ya me empecé a poner nervioso. Me probé la camiseta, y me iba perfecta. Le di dos besos de agradecimiento, y nos pusimos a hablar de cosas varias. Me contó que estaba separada de su marido hacía 7 años, y por eso vivía aquí sola. Me confesó que tenía 55 años, y me dejó perplejo. Yo le echaba 45, le dije. Ella sonrió.
– La verdad es que me cuido todo lo que puedo, y mi trabajo me cuesta.
– Pues está Ud., estupenda – le respondí.
– Si, pues mira que mi marido me dejó para irse con una 22 años más joven que yo.
– No puedo creer que la dejara.
– Si, ya ves, las jóvenes son las que ahora cortan el bacalao. Las de mi edad, nada de nada.
Me dijo eso, me levanté, y me dirigí hacia ella, que me miraba seria, y fijamente. Me incliné, la cogí de los hombros, mientras ella permanecía sentada, y se los acaricié. Sabía que me estaba jugando un tortazo, pero valía la pena. Me incliné aún más y rodeando su cuello con mis brazos, le lamí la oreja. Ella no dijo nada y no movió ni un músculo. Luego me situé detrás del sillón, y sin dejar de atacar las orejas y el cuello con la lengua, deslicé mis manos hacia sus pechos, sobándolos por encima del vestido, notando su dureza, que no era poca a pesar de su edad, y sus pezones, que ahora ya estaban desbocados.
– ¿Ves como las mujeres como tú también son apetecibles? – le dije flojito en la oreja.
– Mmmm… Mmmm… ya veo… aaah… no tan fuerte… – suspiraba ella, poniendo sus manos encima de las mías, mientras amasaba sus tetas.

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– Espera… – dije yo – Ahora sí que vas a suspirar de verdad.
Le desabroché la bata, me puse delante de ella de rodillas, y ella acercó su trasero hasta el final del sillón, de manera que su coño quedara a la altura de mi boca. Con una suavidad increíble, puse mi mano encima de sus braguitas, notando su raja a través de ellas. Mi polla estaba que reventaba, pugnando por salir de su prisión. Separé un poco su braguita, y una raja inmensa apareció delante de mí, brillante por la humedad. Me acerqué, y olí aquel aroma de sexo, que tanto nos gusta a los hombres y enseguida mi lengua empezó a recorrer los pliegues de aquel coño, pasando del clítoris al interior de su agujero.
– ¡Joder… joder… joder… mmmm…! – lba repitiendo ella muy flojito, mientras movía su cintura al mismo ritmo que yo movía la lengua.
– Te gusta, ¿eh? – dije yo, mientras con una mano no dejaba de tocar sus pechos.
Luego decidí lamer su trasero, le quité aquellas braguitas tan tentadoras y tal como estaba, le abrí un poco las nalgas y le planté el primer lametón. Ella intentó apartarme con sus manos en mi cabeza, pero yo continué, y ella ya no ofreció resistencia. Con una mano se frotaba el coño, y con otra se tocaba los pezones, que habían alcanzado una medida sin igual. Cuando ella me confesó que ya se había corrido, cosa que ya había notado por los chillidos que pegó, me hizo levantar. Me desabrochó los pantalones, me bajó los calzoncillos, y me acarició los huevos con las dos manos. Luego, dejando una mano en los huevos, con la otra recorrió mi polla de abajo a arriba, y luego hizo como si me masturbara.
– Hijo, lo que me has hecho no me lo había hecho ni mi marido cuando yo era joven. ¡Qué pasada!
– Pues creo que podríamos seguir… ¿no te parece?
– Si, pero… ahora me gustaría chupártela… pero me da cosa, a mi marido solo se la chupé una vez, y al poco, y sin avisar, se corrió como un cerdo en mi boca. Ahora me da un poco de respeto, aparte que hace mucho tiempo que no lo he hecho.
– No te preocupes, que aún me queda aguante. Si veo que me haces daño, te avisaré.
Pues nada, abrió la boca y se la tragó enterita. No es que yo la tenga enorme, pero tampoco es pequeña. Sus labios, con mi polla dentro de su boca, casi tocaban mi cuerpo. Luego empezó a sacársela y a metérsela en la boca poco a poco. No era una mamada de campeonato, pero no lo hacía mal. Mientras, ella no dejaba a su coño tranquilo. Ahora un dedito, ahora dos deditos, ahora me froto el clítoris… estaba como una perra en celo. Yo me moría de gusto, pero aún no estaba por correrme. Eso lo quería hacer en su interior, así que le dije que parara, y me preguntó si lo había hecho bien. Yo, como respuesta, la besé en la boca, donde nuestras lenguas se juntaron, y no dejamos de sobarnos y lamernos un buen rato.

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Entonces le dije que pusiera su culo en pompa, y ella se puso a cuatro gatas, ofreciéndome su trasero. Puse mi lengua en el agujerito oscuro, y se la pasé de arriba abajo. Mientras, dos dedos míos entraban y salían de su coño, llenos de flujo, que hacían que el meneo de dedos fuera suave, y la introducción, hasta el fondo. Entre jadeos y suspiros, me dijo que nadie le había lamido el ano nunca, y que no se imaginaba que fuera tan placentero.
– Desde luego, esto es una gozada… mmmm… – decía entre jadeo y jadeo – Pero… ¿no te da un poquito de asco?
– Mujer, mientras todo esté bien limpio…
– ¡Mmmmm… Mmmmm… aaah…… si… ahora quiero hacértelo yo a ti!
Nos pusimos a la inversa. Yo a cuatro patas, y ella detrás. Sentir su lengua húmeda en mi trasero, y sus manos en mis huevos, fue una pasada. Mi rabo alcanzó el máximo estiramiento, necesitaba vaciarme inmediatamente y después de unos minutos así le dije:
– Bueno, querida, creo que ha llegado el momento de correrse…
No se lo tuve que decir dos veces. Me cogió de la polla, y fuimos andando hacia su habitación, ya que hasta ahora no nos habíamos movido del comedor. No se molestó ni en deshacer la cama, se tumbó de espaldas, y abrió las piernas al máximo. Me puse entre ellas, lamí su coño de nuevo, acerqué mi rabo a su cueva y se la puse hasta el fondo sin ningún esfuerzo, empezando a moverme dentro y fuera. Ella suspiraba, se agarraba los pezones, y nos morreamos. Después de un buen rato así, sentí que ella llegaba al orgasmo, con los ojos como platos, y abrazándome como una posesa. Simplemente, se corrió. Yo aún no estaba, y , aunque quería hacerlo en su interior en un principio, le pedí que me la chupara.
– Vale, pero por favor, en la boca no te corras…
– Tranquila, te avisaré…

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Y así fue. Empezó a chupar y amasarme los cojones, pero cuando vi que iba a correrme, se la saqué, y apuntando a sus pechos, solté mi carga. Sus tetas quedaron bañadas de mi esperma, y me derrumbé en la cama. Estaba hecho polvo, pero al cabo de un rato, ella me pedía más. Entre besos y meteduras de mano, volví a estar tieso y entonces intenté que se diera la vuelta para metérsela por el culo, pero ella me dijo que no, que por ahí no pasaba. Yo tampoco insistí, porque creo que en materia de sexo, no hay que forzar a nadie a hacer cosas que no desea. Ella se corrió de nuevo con una lamida vaginal mía, y yo me corrí en el interior de su cuerpo, vía también vaginal.
Ya era muy de noche cuando me fui. Antes de irme estuvimos hablando de lo que había pasado, y quedamos que lo podríamos repetir. Pero esto ya es otra historia.
Saludos de los dos.

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