Relato erótico

Cuestión de tamaño

Charo
12 de octubre del 2017

Está casado desde hace poco tiempo, es feliz y su matrimonio funciona bien, o eso creía. Nunca se hubiera imaginado que el “coqueteo” de su mujer con un jugador del equipo de baloncesto pudiera llegar tan lejos.

Paco – ZAMORA
Me llamo Paco, soy de Zamora y quiero contaros lo que sucedió con mi mujer a solo tres meses de casarnos. Ella se llama Ana tiene 27 años es morena, bajita mide 1,50, pero tiene un hermoso culito, chiquito y salido, y un coño muy peludo, porque a mi me gusta que lo tenga así, con la forma de un triángulo muy peludo y negro.
Cuando nos conocimos ella era virgen y solo había tenido algunos roces con chicos en la secundaria y con otro hombre que cuando ella tenía 18 años el tenía 35 y que conoció en una discoteca. Ese tipo por supuesto se la quiso follar pero, ella me contó que aunque, una vez estuvieron cerca de hacerlo, el tipo no se la podía meter porque ella decía que le dolía mucho el coño. Tenía un polla de 17 cm y muy gorda, en comparación con la mía que mide 14 cm y me costó bastante desvirgarla pues lo que ocurre es que ella tiene un coñito demasiado estrecho. En fin, unos días después el tipo la llamó de nuevo para follar pero ella no quiso. Así terminaron.
Cuando cumplió los 21 años nos conocimos y nos hicimos novios. Nos casamos hace 8 meses y nuestro matrimonio está ahora en la cuerda floja por su culpa.
A los tres meses de casarnos nos hicimos socios de un club pues a ambos nos gusta el deporte. En el club de nuestra ciudad hay un equipo de baloncesto muy competitivo y a nosotros nos gusta ir los sábados por la tarde a ver los partidos. En el equipo hay un jugador nuevo, que mide 2,15 metros de altura y vino de su Zaragoza natal a triunfar en nuestra capital.
En uno de esos partidos, que nuestro equipo ganó, se hizo un festejo con los jugadores y nos invitaron porque soy de la comisión de baloncesto. Para la ocasión Ana se vistió con unos pantalones vaqueros que marcaban su culito y la forma de su carnoso y peludo coño. Por supuesto estaba el jugador aquel llamado Horacio, el de 2,15 metros de altura y me pareció ver que en repetidas veces clavaba los ojos en el culo de mi mujer. Me reí, un de más de dos metros mirando a una mujer de apenas 1,50, me hizo gracia. Pero más tarde, mientras volvía de los vestuarios porque había ido al baño, vi que ambos se miraban.
Ella estaba tomando un refresco y él le hacía signos con la cara y aunque ella se hacía la distraída, también lo miraba y cuando llegué yo, se sobresaltó, pero me dio un beso en la mejilla para salir del paso. Le pregunté que le pasaba y me dijo que nada, que todo iba bien. Me hice el tonto y me alejé un poco más para ver que pasaba, me fui a charla con un matrimonio mayor amigos nuestros y mientras observaba que hacían esos dos.
Él aprovechó mi ausencia, se acercó a hablar con ella y se presentó, tuvo que agacharse para besarla en la mejilla. Yo trataba de oír lo que decían porque estaba a unos diez metros de ellos. Ella lo felicitó por las veces que había encestado:
– Has sido el mayor encestador de la tarde, te felicito Horacio – le dijo ella.

– La verdad es que tuve una muy buena tarde para encestar – contestó él, añadiendo – ¿Como te llamas?
– Ana, y mi marido se llama Paco y es de la…
– Sí, sí, sí, lo conozco es un buen muchacho.
– Sí, nos casamos hace tres meses y estamos muy bien – dijo ella.
Cuando empecé a acercarme, él se alejó de su lado, no tenía ganas de saludarme y me di cuenta que sus intenciones eran otras. No dije nada y nos fuimos a casa.
Por la noche, mientras cenábamos, ella me dijo que teníamos un equipazo en el club y que ibamos a ser campeones:
– Estoy entusiasmada con el equipo… dijo.
Lo raro es que ella nunca se había fijado demasiado en ese deporte y ahora de repente le encantaba. Mi cabeza daba vueltas pero quise ver hasta donde llegaba todo esto.
El fin de semana siguiente fuimos al club y el equipo volvió a ganar, yo me fui al bar pero ella dijo que se quedaba un rato tomando el aire y que después vendría. Me quedé escondido detrás de las tribunas y vi como él se le acercaba y todo sudado se agachaba nuevamente para saludarla con dos besos. Entonces oí que él le decía:
– Ven al gimnasio y te doy una pelota firmada por los jugadores.
– Muy bien – exclamó ella – a Paco le va a encantar y le doy la sorpresa. En media hora estoy allí.
Vino al bar al que yo me di prisa por llegar antes que ella y al estar a mi lado me dijo con su vocecita de nena:
– Hola mi amor, me voy a dar una caminata por el club hasta la hora de cenar. ¿Quieres venir? – me preguntó sabiendo que no me apetecería.
– No, vete tú – le dije- Te espero a las nueve para cenar.
Tragándome la bebida con rapidez, la seguí y efectivamente fue a caminar, pero a los diez minutos se dirigió a los gimnasios. El grandote estaba esperándola en la puerta de la caseta donde guardan las pelotas y todo lo demás.
– Hola, veo que has venido – dijo él
– Claro, no me iba a perder lo que me prometiste – contestó ella sonriendo.
– Me vas a matar, pero no logré encontrar a todos los muchachos para que te firmaran la pelota.
– ¡Que lastima! – exclamó ella – Bueno, otro día será, no hay problema.
– En realidad te cité aquí porque quiero hablar contigo -dijo entonces él.
– ¿De qué quieres hablar? – preguntó ella intrigada.
– Es que me gustas mucho y te lo quería decir, desde que hablamos la otra vez me quedé obsesionado contigo y bueno… eso

Ella se quedó cortada y no sabía que decir, así son las mujeres, saben que están calentando a los machos pero se hacen las despistadas.
– Pero si sabes que estoy casada y que encima conoces a mi marido…
– Déjame besarte una sola vez y te prometo que te vas.
– Estás loco, quiero a mi marido y, además ni siquiera hacemos buena
pareja, eres el doble que yo -dijo sonriendo-
– Él no tiene porque enterarse de un besito chiquito y además lo de la
altura no importa para mí, me gustas – insistió él.
Ella iba con los mismos shorts negros y una camiseta con el logo del club y zapatillas y verlos uno al lado del otro daba miedo, a duras penas le llagaba al pecho. No era guapo, pero con su cuerpazo y bronceado era atractivo, o al menos eso decían las mujeres que iban a verlo jugar.
– No quiero ningún beso, no me gusta engañar a mi marido, solo nos damos un abrazo de amigos y me voy, ¿vale?
– De acuerdo, venga el abrazo.
Se agachó mucho para asirla de la cintura, sus manos la abarcaban toda, ella pesa 45 kilos y él más o menos 100, ella se puso de puntillas, se abrazaron pero él no la soltaba, le comenzó a acariciar la espalda con una manaza la cubría toda y de repente le comenzó a besar el cuello y a decirle cosas en el oído:
– Que olor más bueno haces… ¡Como me gustas, Ana!
– Para, Horacio, te dije que solo un abrazo de amigos, y tú me dijiste que de acuerdo, te repito que estoy casada y que además eres muy grandote para mi.
Se lo decía mientras trataba de zafarse sin poder mover ni un milímetro los brazos del hombre que la tenía aprisionada. A mi me comenzó a palpitar el corazón y quería ver que pasaba, después de todo ella se lo había buscado.
– ¡Déjame, Ana! -le dijo él levantando la voz y empezando a pasarle el dedo por su coño encima del pantaloncito.
– ¡No, déjame tú! – decía ella que parecía llorar por lo bajo – ¡No quiero que me toques, déjame!
Pero el siguió y ella no podía defenderse, le bajó el pantalón y la braga de un saque y a la vista quedó su coño pequeño pero muy peludo, y a él se le iluminaron los ojos. A continuación la acostó en un banco, le abrió las piernitas con sus manos en los tobillos y le comenzó a comer su peludito chocho sin contemplaciones. Su lengua tapaba todo su raja carnosa y sus pelos de mojaban con su saliva densa. Ella seguía diciendo que no quería pero a ratos jadeaba. Lo peor estaba por venir.
Le estuvo comiendo el coño como quince minutos hasta que estuvo bien mojada y luego le dijo:

– Bueno, ya está, ahora te doy el premio.
– ¿Me vas a dar la pelota firmada? – preguntó la muy tonta.
– No, te voy a dar otra cosa – dijo él y se bajó su pantalón de gimnasia de golpe.
No llevaba calzoncillos y lo que apareció fue impresionante. Una polla negruzca que, morcillona, ya era ancha y larga como la parte baja de la pierna de Ana y dos huevos grandes como naranjas que se veían llenos de leche.
– Basta – dijo entonces Ana – ya no aguanto más, me voy al bar con Paco.
Él, la agarró del brazo con su manaza y le dijo que hasta que no le diera una chupadita no se iba a ningún lado y amenazó con decirle a su marido que había mentido para estar con él.
– No quiero, además mira como está tú polla.
– Espera que se endurezca – dijo él.
Ella no se la podía meter en la boca y no hizo falta que se sentase para quedar a la altura de esa polla, solo se inclinó un poco y ya la tenía a su alcance. Era como ver a una araña con una mariposa a su merced. Al rato la polla se puso como un hierro y llegó a medir más de 25 centímetros. Era tan gruesa como los brazos de Ana, que estaba asustada. Le pasó un poco la lengua y de nuevo se quiso ir, pero él se lo impidió, le dio vuelta y la puso a cuatro patas en un banco de madera y con una mano la sostenía de la nuca, ella estaba inmovilizada. Él, se puso en cuclillas y apuntó esa desproporcionada polla hacia el coñito de Ana que decía llorando:
– ¡Si me metes eso me vas a matar, por favor, déjame marchar!
No le hizo ni caso y empujó pero no entró por más chupada de chocho que le había hecho. Ella pegó un grito como si le quisieran abrir el coño con un tronco de árbol. A la segunda atacada le alojó la terrible cabeza del tamaño de una manzana y ella pegó un aullido de dolor que retumbó en todo el gimnasio. Le caían las lágrimas y gritaba desesperada que le dolía el coño… Cada vez que, él empujaba con fuerza, su chocho se estiraba para poder recibir, pero llegó un punto en que no le podía meter más. Ya estaba incrustado en su matriz y le taladraba la almeja sin piedad.
Ella lloraba y se sentía desgarrada por dentro. Se la metía despacio y empujaba hasta donde podía con fuerza y ella hacía cara de dolor cada vez que él la embestía. Se quería escapar pero él la agarraba fuerte mientras la taladraba y le decía:
– Sufre, zorrita, te voy a reventar el coño por calienta pollas, me volviste loco haciéndote la inocente y conmigo eso no va.

Ella no podía responder, ya estaba casi desmayada del dolor. En un momento comenzó a clavársela más y más fuerte hasta que se la metió tan profundamente que se quedó allí trabado y le descargó un chorro de leche caliente en sus entrañas. Cuando sacó su polla del chochito de Ana le dejó un agujero impresionante y rojo. La corrida del tío brotaba como su fuera una fuente.
Ella no podía ni caminar y cojeando se fue hacia los vestuarios a ducharse. Cuando llegó al bar no habló con nadie y yo esperé a llegar a casa para preguntarle qué le pasaba. Ella se había puesto una compresa en el coño y estuvo como una hora poniéndose cremitas vaginales para la inflamación.
– No se qué pasó pero se me adelantó la menstruación – me dijo.
A los dos días le dije que lo había visto todo, ella se puso a llorar y yo le dije que le estaba bien empleado por mentirme y calentar a los hombres, y más si son tan grandes como Horacio. Nuestra pareja no está bien después de eso.
Saludos y hasta otra.

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