Relato erótico

Era un bocazas

Charo
27 de julio del 2017

Está liada con un compañero de trabajo y suelen follar en la oficina cuando se quedan solos. Aquel día, él había ido a una reunión y la llamó para decirle que lo esperara. Valió la pena

Pilar – Alcalá de Henares
Era tarde pero lo estaba esperando. Mi amante me había llamado y me dijo que lo esperara, ya que su mujer, sabía que tenía varias reuniones fuera de la oficina. Se me olvidaba decir que mi amante es al mismo tiempo compañero de trabajo.
Yo estaba ansiosa y muy caliente, así que cuando oí la puerta apenas si pude contenerme y hubiera ido corriendo hacia él. Pero no lo hice, lo esperé en mi mesa, con un hormigueo que recorría todas mis zonas erógenas.
Era él. Llegó por detrás y me besó la nuca, mientras sus manos acariciaban mis pechos por encima de mi camiseta, pellizcando los pezones que se marcaban, excitados, bajo la tela. Me vendó los ojos antes de que me levantase o me volviese hacia él. No era la primera vez, así que tampoco me sorprendió. Simplemente le dejé hacer.
Me levantó de la silla y cogiéndome de la mano me llevó hasta el centro de la oficina. Allí me soltó. Me quedé parada, sin saber a donde dirigirme, sin saber donde estaba él. Pero sabía lo que quería y empecé a bailar, contorneando mi cuerpo de la manera más sensual que podía. No iba a quitarme la venda, la situación era sumamente excitante. Pero lo que sí empecé a quitarme fueron los pantalones y luego la camiseta, eso sí, con movimientos lentos y lujuriosos, como invitándolo a que me ayudase a quitarme la ropa.
Me quedé en ropa interior, bailando para él. Sabía que el sujetador no solo realzaba mis pechos, sino que mis pezones se transparentaban, y me hacía a la idea de cómo le estaba poniendo eso. Y además llevaba su tanga favorito.
Escuchaba su respiración excitada, así que me giré hacia él y me quité el sujetador, mostrándole mis pechos y bamboleándolos delante de él, sonriendo al oír su silbido de satisfacción. Le estaba gustando lo que veía.
Yo seguía bailando y cuando me iba a quitar el tanga, se acercó por detrás de mí. Me sorprendió. Pensaba que estaba frente a mí. No saber exactamente que pasaba a mí alrededor me estaba encendiendo. Sobre mis nalgas noté su miembro preparado a través de la tela de sus pantalones. Estaba tan excitado como yo. Metió sus manos entre el elástico y mis caderas y bajó lentamente mi última prenda. Su lengua recorrió mi espalda a medida que se agachaba quitándome el tanga, llegó al inicio de mis nalgas y continuó besándome hasta que me sacó el tanga.

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Se restregaba contra mis nalgas y yo movía las caderas, buscando aun más contacto. Sus labios besaban mi cuello, sus manos recorrían mis pechos, mi vientre, rodeaban mi sexo y jugaban a acercarse a mis labios. Fue entonces cuando me di cuenta de la situación, había un par de manos más jugando con mis pechos, había otro par de labios besándomelos, lamiéndome los pezones.
No era la primera vez que invitaba a uno de sus amigos a nuestros encuentros, pero siempre me había avisado. Tampoco iba a escandalizarme. Estiré los brazos y le acaricié el pecho. Estaba desnudo. Enredé mis dedos en el abundante vello de su pecho. Seguí bajando mis manos por su vientre, jugando con su mata de pelo hasta alcanzar su miembro tieso como un palo. Lo agarré con ambas manos, suavemente, haciéndome una idea de su tamaño pues yo todavía llevaba la venda. La acaricié arriba y abajo mientras él seguía obsesionado con mis pechos.
Por detrás, Carlos se apartó, no sin antes decirme que le ofreciese una de mis fantásticas felaciones a su amigo. Sonreí a ambos, me gustaba que jugasen conmigo. Y me gustaba jugar con ellos.
Me acerqué a él, lamiendo y besando su cuello. Haciendo con mi lengua el mismo recorrido que poco antes habían hecho mis manos, todavía ocupadas con mi desconocido pene. Mis labios llegaron a la base de su miembro. Besé la parte inferior mientras mi mano lo masturbaba. Empecé a subir con mi lengua, dejando un rastro de saliva por su palpitante polla. Oía su respiración entrecortada. Notaba su miembro más duro todavía. Mis labios llegaron a la punta. Se la besé. La rodeé con mis labios, humedeciéndola, succionándola.
Más o menos por entonces noté que Carlos volvía a mí, noté su mano húmeda acariciando mi sexo y noté como su lengua empezaba a recorrer mi sexo. Debía estar tumbado debajo de mí. Yo estaba de rodillas, con la herramienta de su amigo en la boca y mamándola.
El buen hacer de Carlos empezaba a notarse en mi cuerpo, en mis reacciones. Mis sensaciones estaban haciendo que perdiese el control con su amigo. A medida que me excitaba más y más, más rápido metía y sacaba su polla de la boca, más fuerte apretaba con mi lengua y más fuerte succionaba con mis labios al sacarla. Al final rodeó mi cabeza con sus manos, enredando sus dedos en mi pelo y arqueándose ligeramente, con un par de espasmos en su miembro, se corrió dentro de mí. Lo esperaba, no era la primera vez que se corrían en mi boca, así que conseguí no tragar y me limité a escupir su semen sobre su miembro, distribuyéndolo con mis manos mientras lo masturbaba.

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Así noté como se relajaba, aunque yo no estaba relajada, me estaban arrastrando a un orgasmo. La lengua, y los dedos, que jugaban entre mis piernas estaban haciendo un buen trabajo, como en otras tantas ocasiones. Mis gemidos empezaban a llenar la oficina, primero suaves y poco a poco más fuertes y entrecortados. Seguía apoyada en su amigo, con mis manos en sus nalgas y mi cara apoyada en él, notando sobre mi cara su satisfecha polla.
Al cabo de un rato me alzaron, Carlos me agarró de la cintura y me llevó hasta una mesa. Allí me tumbó boca arriba y me penetró con frenesí. El trabajo de lengua de antes, unido a su entrada triunfal en mi cuerpo, me hizo correr rápidamente, abrazándolo, besándolo, rodeando su cintura con mis piernas. Mis gritos de placer debían de oírse en todas las oficinas, supongo que vacías para aquel entonces.
Pero no tenía ganas de reprimirme, igual que Carlos no tenía la más mínima intención de aminorar sus movimientos de cadera. Y eso me gustaba, mi cuerpo vibraba de placer. Estaba consiguiendo alargar mi orgasmo como otras tantas veces anteriores.
Al cabo de un rato se zafó de mi abrazo y salió de mi interior. Todavía no se había corrido, aunque le faltaba poco, y ambos lo sabíamos. Pero no quería correrse todavía. Le dijo a su amigo que se acercase. Noté como se tumbaba a mi lado y me dijeron que me pusiese encima. Así hice, llevándome a mi interior la verga que antes había saboreado. Empecé a cabalgarlo, me acompañaba con sus caderas y sincronizando nuestros movimientos, pronto empecé a notar que volvían a mí esas agradables sensaciones.
Pronto volví a entrar en un estado de éxtasis. Pronto volví a gemir descontroladamente. Le abracé la cabeza, llevando su cara a mis pechos. Me los besaba y lamía incluso con más pasión que al conocernos. Y lo notaba por la frecuencia de su penetración, cada vez más frenética.
Luego empecé a notar unos dedos que jugaban en mi ano. Unos dedos que se introducían furtivamente, humedeciéndome, preparándome. Sabía lo que me esperaba. Al poco rato no eran dedos lo que acariciaba el canalillo de mis nalgas, sino algo más grueso. La punta se abrió paso por mi estrecha entrada, arrancándome un gemido de placer, profundo y sordo. Mis manos aprisionaban con más fuerza la cabeza de su amigo, que no por ello dejaba de jugar con mis senos.

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Pronto estuvieron los dos dándome el máximo placer, suavemente, perfectamente compenetrados. Yo movía mi vientre y mis nalgas, ligeramente, dándoles a entender que no quería que parasen, que no quería que cambiasen de posición, ni aunque hubiese entrado toda la oficina en aquel momento. Así me estaban llevando a la gloria. Mi orgasmo, salvaje y prolongado, fue de los que hacen historia.
Finalmente, totalmente exhausta, entregada por completo, noté como Carlos se corría en mi interior, noté su líquido caliente en mi ano. Y también noté como su amigo se tensaba en mi interior, pero como él llevaba preservativo, no noté el calor que debía brotar de su miembro.
Estuve entre los dos unos minutos más. Entonces, mientras se retiraban, me liberaron de la venda que había llevado todo el rato y di un grito de sorpresa al conocer a mi amante desconocido. Lo que me sorprendió fue que sí que lo conocía pues hasta la fecha habíamos hecho algo parecido en varias ocasiones, pero siempre con amigos suyos que yo no conocía. Era uno de nuestros distribuidores, el comercial con el que había estado reunido todo el día. Y además, es uno de los distribuidores con los que de vez en cuando debo quedar para hacerles una visita a su ciudad. Lo había tenido al lado varias veces, en reuniones y cursos a usuarios y ahora lo tenía a mi lado desnudo, acariciando mis muslos y mis pechos, nuevamente excitado y preparado para otra sesión de pasión y lujuria.
No voy a contar lo que pasó luego, es fácil de imaginar y no muy diferente a lo ya contado. Pero sí decir que a pesar de que Carlos me dijo que este distribuidor estaba casado y tampoco le interesaba ir contando por ahí que se había tirado a la tía buena o a la tetuda, que son algunos de los apodos que conozco por Carlos y que me ponen aquellos con los que acostumbro a reunirme de la empresa, la última vez que viajé a reunirme con su empresa, me dio la sensación de que algunos estaban al tanto de todo lo que ocurrió esa tarde noche sobre mi mesa de la oficina. ¡Hombres!.
Pero él se lo perdió pues pensaba pasar un rato agradable con él esa misma noche, pero visto que no podía mantener un secreto…
Gracias por publicar mi experiencia, muchos besos, Charo, y hasta otra.

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