Relato erótico

Noche redonda

Charo
16 de mayo del 2018

Tenía que acudir a una cena de trabajo con su jefe para firmar un contrato con una gran multinacional. La cena fue bien, firmaron el contrato y consiguió un ascenso. Mientras tanto, en su casa, su marido estaba con unos amigos viendo un partido de futbol.

Gloria – BARCELONA
Todo empezó un sábado, cuando iba a tener una importante reunión con los nuevos clientes de mi empresa y era imprescindible que asistiese a esa cena acompañando al gerente general para negociar el contrato que tendríamos con ellos durante dos años. Era una firma muy importante por tratarse de una multinacional.
Mi marido, por su parte, iba a quedarse en casa a ver el partido de la noche con sus amigos. Siempre que venían dejaban la sala hecha un desastre, botellas y latas de cerveza por todos lados por lo que le advertí que al regresar lo quería todo impecable, él me sonrió y me dijo:
– A la orden, mi jefa.
Al llegar la tarde fui preparando la ropa para la importante reunión que iba a tener y para esa noche había escogido vestirme de manera ejecutiva pero con un toque sensual ya que mis 25 cortos años me permitían ser un tanto coqueta en mi vestir. Me puse mi blusa blanca semitransparente de manga corta que se pegaba a mi cuerpo, una minifalda negra de delgadas líneas verticales que era el conjunto de mi chaqueta de ejecutivo de diseño entallado, y para darle el toque sexy me puse lencería negra que se notaría provocativamente con la semitransparencia de mi blusa, también mis medias de encaje del mismo color con portaligas y mis botas negras, pegadas a mis pantorrillas, de tacón alto.
Al salir de la ducha y mientras me vestía en la habitación, oí que habían llegado algunos de los amigos de mi marido. Yo siempre que me ponía algo, le preguntaba a mi marido como me quedaba, pero con más público me daba vergüenza, aunque la idea de pedirles su opinión y poner celoso a mi marido me gustaba.
Al bajar a la sala los amigos de mi marido se giraron a mirarme y se levantaron a saludarme. A mí, que los conocía desde que me casé con Carlos, siempre me parecieron simpáticos y amigables. Mi marido, algo nervioso, me preguntó:
– ¿Ya vas a salir, Gloria?
– No, mi amor, pero mi jefe ya debe estar por llegar – contesté y con una traviesa sonrisa, le pregunté – ¿Como me ves, cariño?
Y adelantándose a la crítica de mi marido, uno de sus amigos, mirando mis pechos, dijo:
– Estás espectacular, Gloria.
A lo que los demás continuaron:
– Sí, Gloria, pareces una princesa… que bien te queda todo, estás preciosa… no te vayas…
– ¿Y amor, qué dices tú?
– Sí, pero mejor recógete el cabello- me respondió secamente.
Y otra vez todos sus amigos alegaron…

– ¡No, no que así suelto te queda muy bien! – saltaron todos sus amigos – El cabello suelto te queda de encanto, Gloria.
Yo oía como elogiaban mi cabello largo hasta la espalda, pero solo miraban mis pechos, mis piernas y de reojo mi trasero. Para ese momento mi marido estaba tan rojo de cólera o de nervios que solo opto a destapar una cerveza y a tomársela. Justo en ese preciso momento sonó el claxon del Mercedes de mi jefe por lo que me despedí de mi marido con un beso en la mejilla mientras él silenciosamente veía, con su cerveza en mano y por la ventana, el coche que me venía a buscar.
Me despedí rápidamente de sus amigos con un guiño que mágicamente los alegró, Miguel me abrió la puerta y me dijo:
– No te diviertas mucho, te estaremos esperando…
A lo que, inocentemente, le respondí con una sonrisa. Mi jefe me saludó abriéndome la puerta del coche y saludando a mi esposo que miraba desde la ventana. Al llegar al restaurante, mi jefe me felicitó por lo atractiva que estaba esa noche y me repetía lo importante que era para la empresa esta cita, diciéndome que estos clientes van a pedir mucha profesionalidad de nuestra parte. Al acercarnos a la mesa ya nos aguardaban esos dos elegantes señores de aproximadamente 50 años.
Nos sentamos y pedimos unos platos de cuyos nombres no recuerdo pero eran una delicia y mientras disfrutaba de aquella cena, sentía que las miradas de los señores se desviaban hacia mí y como de vez en cuando rozaban sus enormes zapatos por mis botas. El sabor afrodisíaco de la cena y la incertidumbre del contrato, crearon en mí una mezcla de excitación, que me hizo levantar y pedir permiso para ir al tocador. La vieja estrategia propia de nuestra feminidad.
Entré en el baño y noté que había una ligera humedad en mi braguita y me miré al espejo mientras me levantaba la falda. Realmente me veía muy sexy y noté que la raja de mi falda permitía ver un poco el encaje de mis medias negras, detalle que no percaté al salir de casa y que seguro ya más de uno lo había notado. Al regresar del baño noté un ambiente más relajado en la mesa, risas y miradas más intensas hacia mi y luego pidieron una botella de whisky lo que me hizo pensar que el contrato estaba por firmarse y eso hizo que yo también me relajase.
Saliendo del restaurante, mi jefe se ofreció a dejarlos en el hotel donde se habían alojado. Los cuatro nos subimos al coche y entre botellas de whisky y risas nos dirigimos al Hotel. Al llegar, los clientes se adelantaron a su suite después de conversar brevemente con mi jefe. Mientras yo miraba aquel lujoso hotel, sentí el brazo de mi jefe cogerme repentinamente y decirme:
– Gloria, llegó el momento, ya los tenemos, están a punto de firmar el contrato…
Yo me alegre y aunque me di cuenta que había bebido un poco de más, pero estaba consciente, le pregunté:
– ¿Y que es lo que falta para ultimar el contrato?

A lo que me contestó en voz baja:
– Verás Gloria, lo que ellos me dijeron es que tenía una hermosa asistente y que les fascinaría la idea de tenerte durante una hora para satisfacer sus deseos. Gloria, recuerda que es muy importante para nuestra empresa, lo consideraré mucho para tu ascenso.
Su petición me dejó perpleja por un momento, pero mi ambición en la vida profesional y la excitación de lo ocurrido durante esa noche, combinado con las botellas de whisky me hicieron aceptar. Mi jefe me lo agradeció diciéndome que me debía un ascenso.
Subimos por el ascensor hacia la suite donde nuestros clientes se encontraban alojados, esperando. Uno de ellos nos abrió la puerta de la lujosa habitación y me preguntó si deseaba tomar algo a lo que respondí:
– Whisky con hielo por favor.
Los dos hombres se sentaron a ambos lados y mientras tomábamos una y otra copa sentía como iban tocando mis piernas y pasaban sus manos por mi espalda, hasta que mi jefe me pidió que me levantara:
– Gloria, haz que nuestros clientes se sientan cómodos.
Subió la música, me levanté y empecé a moverme lentamente, bailando para ellos. Lo hacía sensualmente hasta que ellos se pusieron de pie acercándose a mi, uno se puso detrás de mi y otro por delante, tocándome el trasero y los pechos suavemente y diciendo:
– ¡Pero que rico culo que tienes te lo vamos a comer… y mira esas tetas…!.
Me abrieron la blusa desabrochándola mientras tocaban mis pechos, luego sentí como me bajaban el cierre de mi faldita para sacármela y descubrir mis piernas decoradas con la seda de las medias negras, después me abrieron el sujetador y el de delante chupó mis pezones, haciéndome sentir muy excitada. Entonces me arrodillé, ellos se bajaron la cremallera de sus pantalones y dos bultos gruesos saltaron de sus prendas. Les cogí las pollas a los dos y me las metí en la boca.
– ¡Eso es, putita, chupa las dos vergas… goza ricura, que te vamos a romper ese traserito! – decían.
Mi jefe no aguantó más y vi como sacaba su polla para empezar a masturbarse mientras veía a su asistente hecha una verdadera golfa. Entonces el hombre de atrás me levantó para llevarme al sofá donde estaba mi jefe sentado, me hizo sentar en su polla de espaldas a él y mi jefe, agarrando mis tetas con ambas manos, exclamó:
– ¡A esta zorrita le debo una follada bien profunda!

Mi jefe empezó a follarme con fuerza mientras yo no podía evitar mis gemidos, al tiempo que los dos hombres veían como me entraba la polla de mi jefe por el coño. Pero ya no aguantaron más y con fuerza me levantaron diciendo:
– Ahora vamos a hacer negocios con esta asistenta tuya.
A una orden suya, me agaché, dejando mi trasero a su disposición y mientras que el otro hombre por delante me metía su polla en la boca el de atrás me la metía con fuerza por el culo.
Después de un rato, el hombre al que se la chupaba, me llevó al sofá para que me sentase en su polla metiéndomela entera por el coño, mientras que el de atrás viendo mi culo descubierto, se acercó diciendo:
– ¡Ahora vas a tener dos pollas que te van a hacer gritar!
Sentí como mi chocho y mi culo se abrían al mismo tiempo mientras mi jefe volvía a pajearse mientras miraba la escena y decía:
– ¡Que diría tu marido si te viera así Gloria, se daría cuenta de lo zorra que eres y de que te gusta comerte pollas de otros hombres!
Los dos hombres ya estaban más excitados y me lo hacían con más fuerza, haciéndome gritar, haciéndome sentir una guarra, bueno, eso ya lo era pero esa noche supe que mi propio jefe ya me conocía. Entonces les pedí a los caballeros que me llevaran con él para demostrarle lo putita que era su asistenta. Me dejaron y fui hacia mi jefe, me arrodillé para chupársela y él, que ya no podía más, se puso de pie, me levantó abriéndome las piernas y empezó a empujarme su tremenda verga en mi chocho.
– ¿Esto es lo que querías Gloria? ¡Pues, toma…!.
Al rato uno de los hombres, se acercó y entre los dos se turnaban para que se las chupase mientras que el otro hombre quiso también participar y me levantó el culito para metérmela por detrás y pronto sentí como me mojaba y como llegaban sus corridas. Sentí el semen llenar mi culo, sentí el semen caliente en mi cara y se me retorcieron las piernas de tanto puterío. Pero me sentía satisfecha. Cerramos el contrato con los clientes, mientras me vestía. Decían que había sido un gusto hacer negocios con nosotros. Mi jefe me llevó a mi casa, y se despidió diciendo:
– Bueno Gloria, el lunes te espero en mi oficina para hablar del ascenso y creo que te voy a necesitar en mi oficina más tiempo.
Yo sonreí mientras abría la puerta de mi casa donde encontré a mi marido en un estado de embriaguez total, dormido en el sofá, y sus amigos que no se habían ido. Roberto, uno de esos amigos, me dijo:
– Bienvenida Gloria, te estábamos esperando…

Yo no supe que hacer pero ellos cinco sí lo sabían, pero esta es otra historia que más tarde contaré.
Besos húmedos, Charo.

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