Relato erótico

Trabajo muy satisfactorio

Charo
16 de abril del 2018

La empresa para la que trabaja cogió una obra en un pueblo de Almería y tuvo que desplazarse allí. Se hospedó en una pensión del pueblo y como también era un bar iba cada día a comer allí. Los propietarios eran gente muy amable, especialmente la mujer.

Manuel – Almería
Soy de Almería, tengo 30 años y trabajo como encargado en una empresa de construcciones metálicas. Mi empresa empezó a trabajar en una obra en un pueblo de la misma provincia, pero muy alejado, y me tocó a mí ir. No me importó ya que representaba más dinero. Este pueblo es muy pequeño y no hay ambiente de nada. La obra estaba situada al lado de una pensión donde hacían comidas, así que desde el primer día me hice cliente por fuerza ya que no había nada más. Estaba regentada por los propietarios, un matrimonio y una mujer de unos 45 años. Carmen y José, el matrimonio, eran unas personas muy amables y simpáticas.
Ella me trataba siempre de usted hasta que, además de quedarme a dormir allí, vieron que iba todos los días a comer y a cenar por lo que el tuteo vino casi sin darnos cuenta. El marido para asegurar al cliente, me regalaba la copa, puritos, etc. Mi mujer se había quedado en Almería y la veía sólo cada quince o veinte días por lo que, no hace falta que lo diga, a cada visita eran tres o cuatro polvos en regla. Tanto ir al restaurante de José y la falta de mujer, hizo que me empezar a fijar en Carmen. Aunque no era una belleza, estaba lo que se dice, muy buena. Lo que más me atraía era su trasero, siempre encerrado en estrechas faldas.
La mujer tenía 38 años, llevaba melena corta y se apreciaba su feminidad por la forma de moverse. Fue entonces, al fijarme en ella, cuando comencé a acostumbrarme a tomar el café y la copa en el extremo de la barra, desde donde podía ver perfectamente la cocina y el ir y venir de Carmen. No hay ninguna mujer que sea tonta así que, a los pocos días, se dio cuenta de las miradas que yo dirigía a su cuerpo y, desde la cocina, pude observar que varias veces me miraba fijamente a los ojos.
En la cama, por las noches, me la pelaba pensando en ella, en poseer aquel culo enorme, en la colocación de sus gordezuelos labios alrededor de mi polla. Creo que me obsesioné con ella. Una mañana, a eso de las nueve, entré a tomarme un café. Carmen trajinaba en la cocina y, al verme, me dio los buenos días desde dentro. Vestía una falda negra que le cubría las rodillas, como siempre muy ajustada, marcando nalgas. La camiseta, sin mangas, marcaba a tope sus pechos.
Al pedido mío, tiró de la palanca de la cafetera y luego se inclinó para abrir una de las cámaras dejando aparecer sus gordos y blancos muslos hasta arriba. Vi la braga y me excité tanto que mi polla se me empinó en el acto. Suerte que detrás de la barra, como yo estaba, no se veía nada. Carmen, al darse cuenta por la cara que yo ponía, se levantó rápido y se cubrió después de mirarme a los ojos. En la caseta de la obra me la pelé como un loco. A la hora de la comida, sorprendí a Carmen varias veces mirándome cuando creía que yo no la veía. Todo esto me ponía a cien al mismo tiempo que me molestaba. Era una tontería ponernos los dos calientes si no había posibilidad, luego, de refrescarnos.

Tenía claro que yo había encendido el fuego con mis miradas pero si ella seguía el juego tenía que darme una pista para empezar a jugar de verdad. Eso si es que no era una simple calienta braguetas. Durante la cena hubo el mismo juego de miradas, por lo que me fui a la cama caliente y mosqueado.
Estuve un rato leyendo para ver si mi excitación desaparecía pues no quería pelármela otra vez. Mi polla seguía tiesa. En mi cabeza aparecía Carmen desnuda. Imaginaba su culazo entre mis manos, sus tetazas en mi boca y mi polla entrando y saliendo de su coño, seguramente, muy peludo. De pronto me pareció oír un ruido como si llamaran suavemente a mi puerta. Miré el reloj. Eran algo más de las dos de la madrugada. Quizá había oído mal pero a los pocos segundos de nuevo aquellos golpecitos. Me levanté y abrí. Mi sorpresa fue tremenda. Era Carmen envuelta en un bata. Penetró en mi habitación, ella misma cerró la puerta y sin decirme nada pero fijando sus ojos en los míos, se soltó la bata dejándola caer al suelo. Ante mí quedó aquella mujer completamente desnuda. Contemplé su cuerpo macizo, sus grandes tetas, su coño tremendamente peludo, como yo había imaginado, sus muslos como torres, pero no supe que decir. Me había quedado mudo de la impresión.
– No puedo más – dijo ella en voz muy baja – ¡Tómame… hazme tuya!
Sin esperar mi respuesta pero dándola por afirmativa, me desabrochó el pantalón del pijama y cuando, cayendo al suelo, mi polla saltó en toda su dureza, la cogió con una mano y arrodillándose ante mí, comenzó a lamérmela por entero antes de tragársela y mamármela como si quisiera tragársela. Con una mano me sobaba los cojones y con la otra apretaba mis nalgas. Yo le acariciaba la cabeza y suspiraba quedamente. Cuando pensé que me iba a correr, la aparté con suavidad y se lo dije:
– Para, que me voy a correr y no quiero hacerlo en tu boca. Quiero tu coño, voy muy caliente por culpa tuya y deseo llenarte el chocho con toda la leche que tengo en mis huevos.
Ella iba a tenderse en la cama pero yo se lo impedí. La hice inclinar, las manos sobre la cama y el culo en pompa. Nunca había visto un culo tan grande, unas nalgas tan enormes. Los pelos del coño le subían por la profunda raja y formaban un negro remolino en el agujero anal que yo contemplé separándole aquellos dos globos. Entre sus muslos también podía ver la enorme abertura de su coño, de labios gruesos y goteando de jugos. Con mis manos en sus anchas caderas, acerqué la cabeza de mi verga hasta este coño tan mojado y casi no tuve que apretar para meterme en el cuerpo de esa mujer, al parecer, tan necesitada de polla.
Me dio la sensación de que me la succionaba hasta los huevos, que me la apretaba como si me la ordeñase, como si quisiera tragarse de una vez toda mi leche. Pero allí mandaba yo. Agarrándome con más fuerza a sus caderas comencé un mete y saca cada vez más brutal. Carmen gemía, suspiraba y lanzaba pequeños grititos mientras intentaba remover el culo.

– ¡Como lo necesitaba! – decía en voz que intentaba ser baja – ¡No sabes el tiempo que llevaba sin follar… oooh… sí, fuerte, más fuerte, fóllame duro… quiero correrme… necesito correrme… oooh… sí, sí… ya, ya, yaaaa… me corrooo…!.
Su corrida me dio la impresión que era una meada. Mi polla, los pelos de mi sexo e incluso mis huevos, quedaron impregnados de sus jugos calientes. Fue tal la impresión que yo ya no pude resistirlo y me corrí lanzando mi leche en aquellas entrañas tan ardientes. Al recibir ella el primer lechazo empalmó otro orgasmo, cayendo de bruces sobre la cama y arrastrándome a mí sobre ella, enchufada mi verga en su coño.
– Perdona que me haya presentado así – me dijo estando y los dos descansando sobre la cama – Me gustaste desde el primer momento y al ver cómo me mirabas supuse que podríamos entendernos.
– Mientras te corrías decías que lo necesitabas, que hacía mucho tiempo… – dije.
– Mi marido, con todo el corpachón que tiene, hace más de un año que, no se le levanta – me contestó – Me complace con la lengua y con los dedos, pero yo necesitaba una polla… como esta.
Diciendo esto me la cogió y comenzó a masturbarme. Cuando la tuve morcillona, se inclinó y metiéndosela en la boca, inició una nueva mamada que, a pesar de mi tan reciente corrida, me puso la polla a cien de dura. Lentamente me fui metiendo debajo de ella hasta colocar su coñazo sobre mi boca. Estaba lleno de sus jugos y de mi leche pero no me importó. Aquel cuerpazo me excitaba de tal manera que todo me parecía bueno.
Estuvimos haciendo el 69 hasta que ella se corrió otra vez, siendo ahora mi boca y toda mi cara las que quedaron impregnadas de aquella marea de líquidos vaginales. Al tranquilizarse, dejó de mamármela, se dio la vuelta y tal y como yo estaba, tumbado de espaldas sobre la cama, me cabalgó clavándose ella misma mi polla en el coño hasta los cojones. Era muy excitante ver cómo, al mismo tiempo que ella hacía deslizar mi verga en ese canal tan mojado y caliente, bailaban sus domingas sobre mi cara. Al poco rato nos corríamos los dos a la vez gimiendo y gruñendo como dos animales en celo. Cuando ella se fue, después de darme un beso de tornillo, me quedé dormido en el acto. Eran algo más de las seis y me quedaban dos horas antes de irme a la obra. Me levanté con sueño pero con el cuerpo muy tranquilo, me duché y bajé a tomar el café. Ella, desde la cocina y a salvo de miradas indiscretas, me tiró un beso al mismo tiempo que se levantaba la falda y me mostraba los muslos hasta la braga.
Aquella noche Carmen también vino a mi habitación y lo mismo hizo durante los tres meses en que estuve trabajando en el pueblo, menos los fines de semana que fui a visitar a mi esposa. Reconozco que por la mañana me moría de sueño pero valía la pena por lo bien que me lo había pasado por la noche. Así estábamos cuando llegó el momento de separarnos y volver yo a la ciudad.

– Me has hecho muy feliz, cariño – me dijo tres noches antes de mi partida y estando los dos desnudos en mi cama – Te mereces un buen regalo. ¿Te gustaría darme por el culo? Nunca me lo ha hecho nadie y tú mereces tener algo mío que aún sea virgen.
Con voz temblorosa de la emoción, le dije que me encantaría y como ya habíamos follado dos veces y mi polla ya no podría enderezarse, quedamos para la noche siguiente. Durante todo el día siguiente estuve como un saco de nervios no viendo llegada la hora de cenar y acostarme. Pero todo llega y sobre las dos de la madrugada, según su costumbre, Carmen llamaba a mi puerta.
Entró, se quitó la bata, quedándose desnuda y me tendió un tubo de vaselina. A continuación me chupó la polla hasta ponérmela a tope y, en silencio, se colocó a cuatro patas sobre la cama, cabeza en la almohada, pechos contra la sábana y el culo al aire, bien en pompa. Puse vaselina en su pequeño y peludo agujero, metí un dedo, la follé un ratito con él, entrando y saliendo despacio. Carmen no decía nada. El espectáculo que yo tenía ante los ojos era magnífico. Aquel enorme culo penetrado por mi dedo, poseyéndolo como paso previo a la entrada de mi polla, era algo que me excitaba y me llenaba de morbo. Puse otro dedo. Carmen gimió pero siguió quieta. Así hasta tres. Ahora tenía que dolerle pero ella callaba. Únicamente movía de vez en cuando el culazo. Cuando me pareció que mis tres dedos entraban y salían sin excesiva dificultad, me unté bien la polla con la otra mano, acerqué el capullo al agujero y sacando los dedos, metí el capullo de un golpe. Carmen lanzó un fuerte grito.
Rápidamente se tapó la boca con la mano en previsión de nuevos chillidos. Apoyé mis manos en sus caderas y fui apretando lentamente. Entraba dos centímetros y reculaba uno y así sucesivamente hasta que logré meter entera toda mi polla en su estrechísimo culo. Al empezar el movimiento de la enculada, llevé una mano hasta su coño y comencé, al mismo tiempo, a masturbarla. Mi polla estaba tan apretada y me daba tanto gusto todo aquello que no tardé en correrme lanzando mi descarga en sus entrañas, ahora culeras pero ella, todo y con la masturbación que yo le hacía, tardó una eternidad hasta llegar a la corrida más brutal que yo he visto en una mujer.

Al día siguiente lo repetimos y al tercero me fui no sin antes prometerle que al menos una vez al mes me inventaría un trabajo en aquella zona para poder pasar una noche con ella. Hasta el momento he cumplido mi palabra. Ella es feliz y yo también.
Un saludo.

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