Relato erótico

Bien atendido

Charo
15 de abril del 2019

Había llegado a Madrid para ir a la universidad y todavía no había encontrado alojamiento. Primero buscaba un apartamento, el tema estaba difícil. Un compañero de la universidad le dijo que su abuela tenía un piso muy grande y que buscaba un estudiante para alquilarla.

Andrés – LUGO
Amigos de Clima, lo que voy a contar ocurrió cuando tuve que viajar a Madrid a continuar mis estudios universitarios. Me costó mucho conseguir un lugar donde quedarme, ya que quería algo cerca de la universidad, pero ya estaba todo copado. Me interesaba un apartamento, pero al no encontrar ninguno, me tuve que buscar una pensión, hasta que un compañero me dio el dato que en casa de su abuela, tenían una habitación que me la podía alquilar. Nos fuimos a la casa de su abuela y cerramos el trato.
Su abuela, de unos 60 años, era una mujer, no solo mayor sino también grande. Debe medir un 1,75, bastante corpulenta y con un busto increíble, sin quedarme corto, pienso que sus tetas serían de una talla 120, eran monstruosamente grandes, y su culo andaba por las mismas.
La casa era grande y vieja. Con muchas habitaciones, pero la única que alquilaban, era la mía. El abuelo, de unos 70 años, era un viejito flaco, enfermo, sordo y que casi ni se notaba que estaba en casa, a diferencia de ella que era muy conversadora.
Desde un principio la señora me tomó cariño y me cuidaba como si fuera su nieto. Me preparaba cosas sabrosas para comer, etc. Fue un día en que volvía de la universidad con unas ganas increíbles de ir al baño cuando ocurrió todo.
En mi apuro, pensé que no iba a poder llegar al baño del fondo, el que me correspondía, así que me metí en el baño del principio y cuál fue mi sorpresa al entrar al encontrarme a la señora con todo el culo al aire, levantándose de la taza. La imagen me dejó helado. Nos quedamos mirando ambos, hasta que reaccioné, pedí disculpas y me fui al otro baño.
Me daba vergüenza la situación que había vivido, sin embargo el culo de la señora me dejó empalmado todo el día y no tuve más remedio que desahogarme solo en la noche pensando en ese culo.
Al día siguiente, cuando fui a la cocina a desayunar, la señora me saludó y me empezó a servir. Yo la miraba por atrás y me acordaba de ese tremendo culo que había visto el día anterior, aunque ahora tapado con una falda larga. Al agacharse para servirme el café, pude ver, por su escote, como sus tremendas tetas se juntaban. Todo esto me dejó muy caliente y estuve pensando en ese par de tetas y en ese tremendo culo, todo el día en la universidad.
Acabé muriéndome de ganas por chupar esas tetas a mi antojo. Estaría horas y horas chupando esas monumentales mamas, pero no se me ocurría como.

En los ordenadores de la universidad, leí muchas historias tratando de sacar alguna idea, pero nada. No podía mostrarle alguna historia caliente, o dejar alguna foto en mi PC porque en la pensión no tenía. Ir de frente, ni pensarlo porque ni siquiera me había lanzado una mirada al aparecer yo con mi verga tiesa dentro de mis shorts.
Así transcurrió un año entero. Volví a mi ciudad, pasaron las vacaciones de verano, y volví nuevamente a la pensión. Continuábamos solos los tres. Fue un viernes en que había quedado en hacer un trabajo con el nieto de ella. Él tenía que traerme parte de su trabajo, pero por teléfono me dijo que se lo había dejado en su casa y entonces añadió que hoy me lo llevaría por la noche a la pensión y como que era el cumpleaños de su abuela, aprovecharía para visitarla y felicitarla. Yo no tenía idea de ese cumpleaños.
Al llegar la saludé y le di un abrazo por su cumpleaños, asegurándome, obviamente, de sentir bien apretaditas las tetas contra mi pecho. Eran como las nueve de la noche cuando llegó su hijo con su mujer y su nieto, mi compañero. Él me pasó el trabajo y estuvimos cenando y bebiendo hasta las 11 de la noche. Después ellos se fueron. El abuelo había ido a acostarse hacía rato, ya que no se sentía muy bien. En fin, nos quedamos los dos solos conversando. El hijo le había llevado una botella de vino, de la cual solo quedaba un poco.
– Estaba tan bueno el vino, hacía tiempo que no tomaba – dijo ella – Lástima que se acabó, quedé con gusto a poco.
– Si quiere yo voy a comprar una botella a la esquina – dije.
– No, ¿cómo se te ocurre?
– Pero no se preocupe, es su cumpleaños y hay que celebrarlo – insistí levantándome y fui a comprar otra botella a la bodega de la esquina.
Seguimos con la otra botella y hablando de tonterías. De repente me di cuenta que ya el vino estaba haciendo efecto. Yo lo mezclaba con sifón, para hacerlo cundir, mientras que ella lo tomaba solo.
Al poco rato, se le empezaron a enredar las palabras y me dijo que se sentía mal. La ayudé a levantarse y apenas podía. Entonces me dijo que la llevara al baño y por primera vez le agarré las tetas, para ayudarla. Ella no lo notó. Luego la acomodé en el lavamanos, para que se refrescara la cara, mientras yo la sujetaba de la cintura y me apoyaba con toda mi verga en su culo.
Salimos del baño y me dijo que la dejara un rato en el sofá para reponerse. Quedó sentada y se durmió al instante. Yo le hablaba y la movía, pero nada, estaba completamente borracha, la moví más fuerte y nada… era mi oportunidad.
Le desabroché la blusa y me encontré ese tremendo par de tetas que hacía tiempo me tenían caliente.
Sin pensarlo dos veces, le subí el sujetador y me encontré con dos hermosas ubres, enseguida empecé a chuparlas, eran exquisitas, grandes, blancas y con un pezón grande y negro. Las debo haber chupado como media hora, es más, me acosté en su regazo y con las tetas sobre mi cara, me empecé a masturbar. Podría haber tratado de subirle el vestido para comérmela completamente, pero estaba demasiado ajustado y no quería abusar de mi suerte.
Terminé mojando mis calzoncillos y luego traté de levantarla, pero me fue imposible, a si que opté por taparla con una manta e irme a mi dormitorio.

Al otro día me levanté y fui a la cocina. Al pasar por el living, noté que ella ya no estaba. A la hora de almuerzo, transcurrió sin ningún comentario. Ella se notaba que aún le dolía la cabeza por la resaca del día anterior.
Pasó como una semana, eran las cuatro de la tarde, y mientras ella lavaba ropa, yo me acerqué a conversar fumándome un cigarrillo.
– Señora Teresa, no me ha contado como lo pasó la otra noche, el día de su cumpleaños.
– ¡Ni me lo recuerdes, que me da dolor de cabeza! – nos reímos los dos – En todo caso, lo que pasó después, no estuvo nada de mal.
Yo me quedé helado, no sabía que contestar y ella añadió:
– ¿O tú crees que estaba tan borracha para no darme cuenta que te propasaste conmigo?
Yo seguía helado, sin contestarle, hasta que le dije muy turbado:
– La verdad, no sé qué decirle, pero el alcohol me hace hacer cosas que no haría estando0 normal.
– No te preocupe, si no me molestó, al contrario, me gustó mucho… hacía tiempo que no me hacían sentir como mujer.
Yo estaba rojo de vergüenza y le dije:
– Disculpe señora Teresa, no volverá a suceder.
– Que lástima que no volverá a pasar… – contestó riéndose.
– ¿De verdad le gustó?
– Sí, y no me molestaría que volviera a ocurrir.
– Cuando usted lo diga y yo seré feliz de volver hacer que usted se sienta deseada.
– Es más, si quieres, podríamos ir ahora a la habitación del fondo, ya que mi marido duerme la siesta…
Sin pensarlo dos veces, le dije que sí, añadiendo ella entonces:
– Ve tú y yo te alcanzo.
Me dirigí rápidamente a la última habitación del patio, ella, entró en la casa y como a los cinco minutos salía con dirección a la habitación. Al llegar, yo traté de cerrar la puerta, pero ella me dijo que no. Se apoyó contra la pared, se levantó la blusa y ante mi sorpresa vi que no llevaba sujetador.
– Toma, son todas tuyas – me dijo.
Desesperado se las empecé a chupar mientras ella me acariciaba el pelo. Después de una buena sesión de chupada de tetas, me levanté y traté de besarla, ella me dijo que no. Entonces mis manos se apoderaron de ese tremendo culo, que también me quitaba el sueño. Metí una mano por debajo de su falda, sintiendo su tremendo y blando culo entre mis manos, pero cuando traté de bajarle la falda me dijo que no, entonces traté de subírsela y también me dijo que no. Le acerqué su mano a mi verga y ella también la rechazó diciéndome:
– No cariño, solo quiero que me las beses, pero de ahí, nada más.
No hubo manera, no se dejaba hacer nada más que chupar las tetas y tocarle el culo. Después de esa sesión, tuvimos muchas más, pero nunca llegamos más allá de eso.

Casi todas las tardes yo esperaba que su marido se fuera a dormir, le hacía a ella una señal, me iba a la habitación del fondo del patio, ella llegaba, se desabrochaba la blusa y me dejaba chuparle las tetas y tocarle el culo hasta que me corría, pero eso sí, siempre dentro de mis calzoncillos.
Todo siguió así hasta que un día, estaba tocándole el culo mientras chupaba uno de sus largos pezones, se me ocurrió decirle:
– Señora, ya que me deja acariciarle el culo ¿por qué no se quita las bragas y así la sensación para ambas partes será mejor? Y no tenga miedo, prometo no tocarle para nada lo de delante.
Ella no me contestó, acabamos lo que estábamos haciendo y se marchó, pero al día siguiente, estaba en la habitación, ella apoyada en la pared y yo mamándole una de sus tremendas tetas, metí la mano bajo su falda para tocarle aquel soberbio trasero y allí tuve la magnífica sorpresa de comprobar que no llevaba bragas. Tenía su culazo enteramente para mí.
Tremendamente excitado chupé con más fuerza sus mamas al mismo tiempo que mis manos no paraban de sobar aquellas dos enormes bolas de carne que eran sus nalgas e incluso me dediqué a pasar mis dedos por la profunda raja que las separaba, incluyendo el deslizar, de vez en cuando, las yemas de mis dedos por su agujero anal. Y allí tuve otra sorpresa pues cada vez que mi dedo acariciaba ese agujerito, ella lanzaba un gemido. Repetí varias veces esta caricia y efectivamente, parecía que esto excitaba a la señora de tal manera que ella permanecía con los ojos cerrados y abría, muy lentamente sus muslos, como para facilitarme esa operación anal.
Animado, y faltando a mi promesa, sin dejar de acariciarle el ano, pasé mi otra mano por delante y le agarré todo el coño. El gemido de la señora Teresa fue definitivo. Escurrió el cuerpo hacia abajo, aún apoyado en la pared y se abrió de piernas totalmente. Su coño estaba terriblemente mojado y viendo que tenía la situación por el mango, no dudé en meterle un dedo por el culo, lo más profundamente que pude, lo que motivó que ella empezara a gemir removiendo sus caderas, pero temiendo yo que acabara tendida en el suelo, y sin sacarle el dedo del culo, la llevé hasta la cama, la tendí en ella, le saqué el dedo, levante su falda hasta la cintura pudiendo contemplar por primera vez su coño, de muy escasa pelambrera, pero con una traja muy grande y larga.
Entonces dudé en metérsela por el culo, ya que al parecer eso le agradaba mucho, o por el coño. Al final me decidí por eso último, le cogí los tobillos, levanté sus piernas y al quedar su chocho a mi disposición, entré en él hasta que mis huevos chocaron con sus nalgas. Ella lazó un profundo gemido, pero no protestó, al contrario. Empezó a moverse y a empujar, buscando su propio placer.
A los pocos minutos, empezó a correrse, cosa que noté no solo por sus gemidos y la agitación de todo su cuerpo, sino también por la ducha que bañó de jugos toda mi polla.

A los pocos segundos yo, sin poder contenerme, regué sus entrañas con otra ducha, pero esta de semen.
Desde este día nuestra relación se hizo mucho más íntima y placentera, pudiendo yo tirármela como me diera la gana, incluso por ese culazo que ella tenía.
Saludos a todos los lectores.

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