Relato erótico

Celos ¿Injustificados?

Charo
14 de abril del 2019

Su novio le hablaba continuamente de su compañera de trabajo. Que si era muy guapa, simpática, inteligente, etc. Empezó a sentirse celosa y cuando su novio le dijo que su compañera los había invitado a pasar el fin de semana en una casa que tenía su familia en la costa.

Isabel – BARCELONA
Marcos, mi novio siempre me estaba hablando de una tal Amanda, su compañera de trabajo, que si ha dicho esto, que si hoy hemos tomado un café juntos, que si es muy guapa y sexy, que si trabajamos juntos todo el día, que si esto y lo otro. La verdad, él no se daba cuenta pero yo estaba bastante mosqueada con tanta Amanda arriba y abajo. Hasta ahí, todo bien, solo un pequeño ataque de celos.
El problema surgió cuando la famosa Amanda nos invitó a pasar un fin de semana en la casa de la playa de sus tíos en un bonito pueblo de la costa. Marcos se volvía loco con la idea de pasar todo el fin de semana con Amanda. A mí, para ser sincera, la idea no me “molaba”, además bastante tenía yo a Amanda en la cabeza a diario como para tenerla también el fin de semana. No sabía muy bien sí lo mío eran celos, pero me sentía un poco rabiosa. Marcos intentaba convencerme:
– Vamos cariño, un fin de semana y así conoces a Amanda, te gustará.
– Sí, claro – pensaba yo -la conozco y luego le arranco los pelos, porque seguro que no se le ha puesto a tiro la muy zorrita, pero en cuanto se ponga, este cabrón de mi novio se la tira.
En cierto modo yo sentía curiosidad por saber como era esa chica, porque no solo Marcos hablaba bien, sino que cuando salíamos con algún compañero de trabajo de mi novio, la única conversación era Amanda. Por lo visto, aparte de guapa y sexy era inteligente y simpática.
En fin, yo estaba en un dilema, por un lado quería negarme a darle gusto a Marcos yendo al famoso week-end y por otro quería ir y salir de dudas en saber cómo era esa famosa mujer y arrancarle la cabellera en un momento dado. Nunca me había sentido tan celosa como entonces y eso que no conocía a esa chica. Al final, con cara de resignación acepté ir al pueblecito costero pues en el fondo podía ser hasta divertido.
El viernes era fiesta y aprovechamos la ocasión, cogimos el coche y llegamos a las cinco de la tarde. El pueblo es precioso y la casa, que tardamos en encontrar, también lo era. Una casa de piedra, pero de estructura moderna, con dos plantas y se asomaba con una gran terraza a una especie de acantilado sobre la playa, vamos, un sitio ideal.
Salió a recibirnos Paco, el novio de Amanda. Físicamente me atrajo bastante desde el primer momento. Era un chico muy guapo, alto, moreno y muy simpático. No pude evitar observarle el culo cuando nos ayudaba con las maletas, pues el tío tenía un culo fantástico, bien redondo, bajo unos pantalones de ciclista bien ceñidos a sus potentes y depiladas piernas. Nos ofreció unos refrescos y nos sentamos en unas tumbonas de la terraza del mirador de la playa a descansar y a recibir los últimos rayos de sol de aquella tarde. El no dejaba de mirarme y de estudiar mi cuerpo, sobre todo mis piernas y eso a mí, claro está, me agradaba.
– Voy a buscar a Amanda al pueblo – nos dijo Paco – Está comprando cosas para la cena, poneros cómodos ¿vale?
Así lo hicimos. Nos acomodamos en las tumbonas de la gran terraza y nos relajamos. Se estaba de maravilla. Cansada por el viaje, me quedé dormida enseguida y no sé por cuánto tiempo hasta que Marcos movía mi brazo y me despertaba diciéndome al oído:

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– ¡Cariño, despierta!
Abrí los ojos y atontada como estaba tras esa pequeña siesta, me presentó a Amanda que estaba de pie a mi lado. En un primer momento y cegada por el sol no pude verla bien, pero a medida que mis ojos fueron adaptándose a la luz, comprobé que no habían exagerado al describir a la chica, pues era alta, delgada, pelo castaño largo, unos ojos muy bonitos, castaños, el escote de su camisa dejaba entrever unos hermosos pechos y se apreciaba una silueta envidiable bajo sus ceñidos vaqueros. Me levanté y nos dimos dos besos.
– Hola, eres mucho más guapa que lo que me había dicho Marcos – me dijo ella robándome la frase
– Gracias, tú también lo eres – dije un poco aturdida todavía.
– ¿No te han enseñado la casa? – me preguntó amablemente.
– No, aún no – contesté.
Parecía simpática y amable desde el primer momento, aunque yo todavía seguía algo celosa, más aún sabiendo que se trataba de una hermosa mujer, tal y como la habían descrito. Me llevó hasta la casa y fue enseñándome las habitaciones, el salón, la cocina y toda la casa, que como dije antes, era preciosa y muy bien decorada por cierto.
Estuvimos charlando un rato de cosas sin importancia mientras la ayudaba a vaciar las bolsas con la compra y los chicos se quedaron en la terraza tomando unas copas y hablando también de sus cosas. Me enseñó una bonita habitación para Marcos y para mí, con su propio baño, amplísimo, con una ducha y una bañera redonda enorme. Acomodé las cosas de nuestro equipaje en los armarios y mientras ella fue a ducharse a su cuarto, yo me bañé en aquella fantástica bañera. Al rato entró Marcos que optó por darse una ducha y cuando salió todavía estaba yo metida en la bañera llena de espuma. Me quedé relajadísima.
– Tenemos que probar esa bañera los dos juntos – me dijo.
– ¡Claro, mi amor! – contesté.
Mi piel se quedó fantástica después de ese largo remojo y con un agradable olor a sales de baño. Quise ponerme algo sexy para la cena, pero tampoco quería ir demasiado atrevida. Marcos me sugirió un vestido largo de tirantes, color verde, bastante ceñido hasta las caderas remarcando mi silueta, ajustándose en la cintura y en mis tetas. Podía adivinarse el contorno de mi ombligo y mis pezones a través de la tela y el resto del vestido era con vuelo hasta los pies. Siempre me ha gustado ese vestido y a Marcos también, sobre todo porque acostumbro a llevarlo sin ropa interior y en esa ocasión también lo llevaba sin nada debajo.
Cuando bajamos al salón la mesa estaba preparada con mucho gusto, servilletas de vivos colores, flores y una cena fría servida originalmente con canapés, marisco y otras delicias. Paco estaba poniendo los últimos detalles cuando clavó su mirada en mí. Me miró con bastante descaro, aunque supongo que no intencionadamente, pero me gustaba su forma de mirarme. Sus ojos no se apartaban de mis tetas. Él llevaba una camisa y pantalones blancos muy veraniegos que con su morena tez le hacían muy atractivo. No pude evitar que mi mirada se dirigiera a su paquete.

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Al rato salió Amanda de la cocina con dos platos más. Vestía unos pantalones negros de lycra muy ajustados y un top de tirantes con la cintura morenita al aire. Estaba muy guapa y Marcos me lo corroboró mirándola casi babeando. No pareció inmutarse cuando le di un leve codazo. Sin duda aquella chica le gustaba mucho.
Nos sentamos a la mesa y disfrutamos de aquella exquisita cena mientras charlábamos de varios temas, parece que poco a poco mis recelos contra Amanda iban desapareciendo, pues era muy atenta conmigo igual que su novio, que de vez en cuando me piropeaba diciendo lo guapa que estaba. Amanda también lo repetía, cosa que también me halagaba, sobre todo viniendo de una mujer atractiva como ella. Lo cierto es que era una chica muy agradable y simpática. Por supuesto Paco también era encantador y lo cierto es que sus gestos, sus movimientos, sus palabras y su físico me fueron gustando cada vez más.
Los dos hacían muy buena pareja, eran jóvenes, más o menos de nuestra edad, de 28 ó 29 años como mucho y parecían compenetrarse muy bien.
Como es normal, se habló de todo en la cena, muy amigablemente, acercándonos más a los temas más íntimos y sin darnos cuenta hablábamos de sexo con toda naturalidad, comentando qué es lo que más nos gustaba, entre risas y bromas la conversación se caldeó:
– ¿No habéis hecho nunca intercambio de pareja? – preguntó Amanda, como siempre con su amplia sonrisa y su espontaneidad.
– Hasta ahora no hemos hecho intercambio de pareja, pero quién sabe… tampoco ha surgido la oportunidad… – dijo Marcos con ironía.
Será capullo, pensaba para mí, no sé a partir de cuándo tenía previsto montar una orgía sin comentármelo. Sus palabras me sentaron mal y le lancé una mirada asesina, que captó en seguida.
– Bueno… siempre que los dos estuviéramos de acuerdo, por supuesto – aclaró.
– Pues, es muy divertido – comentó Paco – nosotros lo hemos hecho varias veces y es muy excitante.
– Bueno, a mí me parece que puede ser peligroso, o sea que en un momento dado te guste tanto la otra pareja que quieras repetir y dejes un poco de lado a tu verdadera pareja – dije yo.
– Para nada – contestó Amanda – siempre es de mutuo acuerdo y es simplemente placer por placer, nada más, para nosotros es una experiencia que nos hace estar más unidos aún.

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Por un momento cruzó por mi mente la idea de follarme a Paco y realmente aquel pensamiento me excitó bastante, también lo hizo el hecho de pensar que Marcos se montaría un numerito con Amanda. Pero solo fue una idea.
Tras beber algo más de la cuenta, entre el vino, el champán y los cigarrillos, me sentí algo mareada, decidimos salir y bajar a un chiringuito de la playa que estaba muy de moda y como la noche era agradable, la brisa del mar me sentaría bien.
El lugar en cuestión era muy bonito, como una especie de improvisado bar de playa con una carpa y unos farolillos de colores sobre un entarimado que servía de pista de baile, un pequeño mostrador de madera y unas mesas bastante concurridas de gente.
Aprovechamos que un grupo abandonaba una mesa para ocuparla casi al abordaje. La brisa del mar pareció animarme un poco, pero me quedé sentada en la silla, a pesar de que Marcos y Amanda me invitaban a acompañarles a la pista para bailar un poco de salsa.
Paco se acercó a la barra y abriéndose paso entre la gente consiguió traerse unas botellas de vino, que escanció con estilo frente a mí. Me sirvió un vaso y se sentó a mi lado observando igual que yo el baile de nuestras respectivas parejas que movían los brazos y las caderas al ritmo de una cumbia o algo parecido. Cuando la música cambió y pusieron una bonita balad Paco me invitó:
– ¿Quieres bailar?
– Perdona estoy algo mareada – le contesté.
– Como quieras.
Aquella canción era muy melosa e invitaba a bailar bien pegados. Marcos lo había hecho con Amanda y se les veía muy juntitos. La cabeza de ella se apoyaba sobre el hombro de mi novio y él la acariciaba la cintura desnuda y la espalda al ritmo de la música. Los dedos de Amanda se metían por debajo de la camisa de mi chico y eso me encendió sintiendo un nuevo ataque de celos.
– Quizá sea buena idea que bailemos, así me despejaré un poco – le dije a Paco.

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Sin dudarlo un momento, Paco me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista. Su hermoso cuerpo se pegó al mío y comenzamos a movernos al ritmo de la canción. De reojo miraba a los otros dos y mi sangre hervía. Quise compensar mis celos e intenté dárselos a mi novio. Hice que nos colocáramos muy cerca de ellos y pegué mi cuerpo mucho más a Paco, se podía decir que formábamos un solo cuerpo. Mis tetas se oprimían en su fuerte pecho. Moví mis caderas con toda la insinuación del mundo y rozaba mi sexo contra el de Paco y enseguida pude notar su erección.
Creo que me he alargado mucho así que continuaré mi relato en una próxima carta.
Gracias y muchos besos.

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