Relato erótico

Historia de piratas

Charo
15 de abril del 2019

La conoció en una discoteca. En cuanto la vio le gusto aquella mujer. La estaba observando al otro lado de la pista, cuando vio que una buena amiga suya se acercaba a ella y se saludaban. A partir de este momento se montó una buena historia.

Toni – Palma de Mallorca
Mis ojos se fijaron en ella tan pronto como entré en mi habitual bar de copas. Estaba sola en la barra atestada de gente y lucía un espléndido tipo enfundado en un escueto vestido negro. Nunca la había visto por allí, aunque era normal, estábamos en Semana Santa y la afluencia de turistas en Palma es notable en esa época del año.
Saludé a un par de conocidos del local y cuando me volví de nuevo hacia ella, ya no estaba sola. Charlando animadamente junto a ella se encontraba Ruth, una vieja amiga mía, en una fracción de segundo estaba junto a ellas saludando a Ruth, quien como es lógico nos presentó. Era una amiga suya de Barcelona que había venido a pasar unos días a su casa, se llamaba Nadia.
Aquí es donde ella se fijó por primera vez en mí, nuestras miradas se cruzaron mientras le daba dos besos. El resto de la noche lo pasamos los tres charlando animadamente y a la hora de despedirnos Ruth comentó si me importaba quedar con ellas al día siguiente y llevarlas en mi humilde barquito a navegar, lo cual accedí encantado y así quedamos.
Hizo un día precioso, Nadia y yo pudimos intimar y conocernos un poco mejor, incluso llegué a pensar en una cierta empatía entre nosotros, había un algo que en ese momento no supe definir. Al volver de la pequeña travesía, hicimos planes para los próximos dos días.
Acordamos quedarnos a dormir en alguna cala resguardada del litoral de la isla. Al día siguiente invertí toda la mañana en hacer los preparativos: gasoil, comida, bebidas, ropa de cama, niveles de líquidos, etc.
Reventado pero satisfecho cogí el coche y me encaminé a casa de Ruth para recogerlas. Al llegar a su casa me esperaba una sorpresa: Ruth me comentó que no se sentía bien y que fuéramos nosotros solos. Tuve que emplear grandes dosis de autocontrol para no delatar mi exultante estado de ánimo, estaría a solas con la chica que me fascinaba y en mi terreno. Tras llegar la pequeña dársena deportiva, estibamos los cuatro bultos que portábamos, solté amarras y con el suave ronroneo del veterano motor diesel, en poco tiempo alcanzamos aguas libres. Estábamos en mar abierto, la fresca brisa que entraba por el costado de babor me permitió izar la vela y apagar el motor, con lo cual alcanzamos una velocidad suficiente sin apenas escorar.
El fiel y veterano barco navegaba muy a gusto con esa combinación de viento y trapo, se asentaba sobre la azul y rizada superficie con una prestancia digna de veleros de mucho mayor porte, tan sólo sentía el silbido del viento entre la jarcia y el suave chapoteo del agua al romper en el tajamar.

Unos delfines pasaron cerca de nuestra derrota y Nadia se emocionó con ello:
– Toni, ¡no sabes cuanto me gusta el mar, la amplitud, la sensación de libertad, la aventura! -esta última palabra la pronunció con una gran convicción.
Seguimos charlando durante la hora y media que duró la travesía, ella se interesó por el barco (verdadera pieza de museo según Ruth), le conté como lo habíamos salvado del desguace mi hermano y yo, ya que al morir nuestro tío, el barco ya estaba bastante deteriorado y la familia pensaba deshacerse de él. Mi hermano Joan y yo decidimos remozarlo, gastamos mucho tiempo y todos nuestros ahorrillos de estudiantes, pero ahora teníamos un magnífico velero de 35 pies que era la envidia del pantalán. Ella a su vez me habló de su afición a la mar, inculcada por un tío suyo oficial de la Armada, que a la vuelta de sus viajes siempre traía libros de Melville, R.L. Stevenson, Patrick O´Brian, etc.
Poco antes de llegar a nuestro destino, ella se fue a proa y quedó largo rato ensimismada mirando el horizonte recostada en el reluciente y suave palo, el barco tras un leve crujido se balanceó ligeramente y ella, instintivamente echó sus manos hacia atrás para abarcar el palo y no perder el equilibrio.
Me excitó muchísimo verla en esa postura de dulce abandono y solo la cercanía de la costa me sacó de mi ensimismamiento.
Cala Falcó nos abría su rada unas cuantas brazas al frente, es esta una cala estrecha, profunda y ligeramente curvada, se ven alguna que otra cueva y se halla enmarcada por unos altos acantilados que de momento no han sido hollados por las garras de los especuladores, promotores y demás fauna que desde hace años arrasa nuestra querida isla.
Cenamos en cubierta a la luz de un fanal con velas que colgué de la botavara y que confería a nuestros rostros un cálido aspecto que contrastaba con las tinieblas circundantes. Tras la cena seguimos en animada charla, ella se recostó sobre mi hombro, buscando calor o tal vez protección, impresionada por las historias antiguas que yo iba desgranando entre trago y trago de calvados y que hablaban de contrabandistas, sarracenos y piratas, eran historias que yo sabía desde pequeño por boca de mi tío Tom, quien nos deleitaba de esa manera en sus visitas a nuestra casa cuando volvía de algunos de sus viajes.
-¿Piratas aquí? – se extrañó ella.
– Hasta la toma de Argel por los franceses, bien entrado el siglo XIX, estas aguas estaban infectadas de piratas berberiscos. A fin de cuentas estamos tan cerca de Argel como de Valencia
Estas historias sobrecogieron a Nadia, un ligero temblor recorrió su cuerpo, que yo apreté contra el mío pensando que su reacción se debía al frío y que el calvados que bebimos en notables dosis no le terminaba de confortar.

Nos miramos y cuando yo me disponía a abrir la boca, ella llevó uno de sus dedos a mis labios, pidiendo así mi silencio, después lentamente acerco sus labios a los míos y cuando los separó me dijo:
-¿Sabes una cosa, Toni? Nunca se lo había contado antes a ningún chico, pero hoy no sé que me pasa, si es por el lugar tan mágico al que me has traído, o qué, pero siento que te lo tengo que contar. Es una fantasía que tengo desde que era una cría…
Continuó:
– Me veía como una princesa viajando a bordo de un galeón de la flota de mi padre para reunirme con el hombre a quien me habían prometido. Llevábamos varios días de travesía, cuando una noche me despertó el griterío y el fragor de las armas de una batalla que se libraba en cubierta, al parecer un barco pirata abordaba nuestro galeón. Pasado un rato se abrió la puerta de mi camarote y entró un joven y rudo pirata, el cual, pese a mis súplicas y amenazas, me ató a los postes de cama y me violó…
No sé por qué, pero esta idea siempre me ha excitado muchísimo, figúrate que una vez viendo en casa de una amiga una película de piratas por la tele, me tuve que levantar e ir al cuarto de baño donde tuve un orgasmo bestial con solo tocarme un poco. Otras veces he fantaseado con ello mientras mi ex novio me hacía el amor, pero Pau era un tío tan prosaico y estirado que nunca se lo comenté. Solo lo sabes tú, aparte de Ruth, que es mi mejor amiga.
Yo si que me había excitado como un poseso escuchando la fantasía de Nadia y le agradecí la confianza que había depositado en mí al contármelo, por mi parte le comenté que tener fantasías era algo normal y que no se debía de sentir rara por ello.
– Y tú, Toni ¿tienes alguna fantasía? -me dijo
– Y tanto, pero si la quieres escuchar será dentro, que aquí está cayendo un relente del quince.
La tomé de la cintura y la ayudé a bajar la empinada escalera que conduce a la sala de estar, ella se apretaba contra mí, atravesamos la estancia y llegamos al pequeño camarote de proa, la deposité suavemente en la gran cama triangular que ocupaba todo el espacio y comencé a besarla y acariciarla, ella entró al trapo apasionadamente y cuando estaba súper caliente le dije que tenía que ir un momento al baño a buscar un preservativo. Como navegante precavido que soy, suelo tener, en un pañol, ropa ya vieja como para llevarla por la calle, pero que a bordo puede resultar útil en caso de caída al agua o como ahora…
Rápidamente y con el corazón desbocado, me saqué la ropa que llevaba puesta y en su lugar me puse una amplia camisa blanca y un pantalón de cordón de colores chillones que había comprado el año pasado en el mercadillo hippie de Formentera, completaba mi atuendo un pañuelo a juego colocado en mi cabeza; de esa guisa entré en el camarote de proa vociferando:
-Vaya, vaya qué tenemos aquí. A fe mía que sois la hembra más apetecible que he visto en los últimos meses.
Nadia quedó estupefacta y yo temí haber hecho el ridículo más espantoso de mi vida, pero tras unos eternos segundos, reaccionó magníficamente replicando:
– ¿Cómo habéis osado irrumpir de esa manera en mi estancia? ¡Haré que los hombres de mi padre os hagan pagar cara esta afrenta!
– Los hombres de vuestro padre ya hace rato que están en el regazo de Neptuno, los míos les arrojaron por la borda. Y ahora os haré mía os guste o no.
– ¡Jamás doblegareis mi voluntad!
Y me lanzó una bofetada al intentar besarla.
– ¡Os ataré al palo del barco y os haré azotar hasta que estéis bien domada!

La arrastraba hacia fuera del camarote cuando puso su tono de voz normal y me preguntó si pensaba azotarla.
– Solo si quieres, las reglas del juego las has de poner tú.
– Me gustaría ser azotada, pero solo en el trasero y con eso, dijo señalando unas paletas de tenis de playa que tenía en el camarote.
La llevé hasta el centro de la sala de estar donde hay un poste que refuerza la cabina justo debajo del palo del barco y la coloqué mirando al poste y la até las manos por delante de este. Mientras ajustaba el cabo alrededor de sus muñecas, pude contemplar su expresión, era una mezcla de excitación y resignación que me conmovió profundamente. La castigaría con dulzura.
Me situé detrás de ella, le rasgué su vieja camiseta, lo cual le produjo un gemido que me hizo subir la adrenalina, luego solté su pareo y ante mí se mostró la incomparable visión de un más que bien proporcionado trasero, que estaba solicitando las atenciones de mi paleta. La acaricié tiernamente antes de entregarme a su castigo, mientras le susurraba al oído que si este era demasiado severo me lo hiciese saber de inmediato para pararlo.
Comencé a azotarla suavemente, su cuerpo comenzó a contonearse alrededor del improvisado poste de tormento, poco a poco fui aumentando la intensidad de los golpes, ella comenzó a jadear de placer. De vez en cuando descansaba para contemplar mejor la expresión de su cara y de su cuerpo. ¡Dios, como me excitaba aquello!
Seguía dándole con la misma intensidad, cuando al cabo de un rato me gritó que le diera más fuerte. Volví a aumentar la intensidad de los golpes hasta que me di cuenta que apenas podía contener unas lágrimas que salían de sus ojos. En ese momento decidí dar por terminado el castigo. Solté sus manos y la apoyé de espaldas al poste.
– Espero que hayáis tenido suficiente y os entreguéis ahora.
– ¡Eso jamás, maldito bastardo!
– En ese caso tomaré por la fuerza lo que me negáis de buen grado.
Me eché sobre ella que continuaba con la espalda apoyada al poste, jugaba a resistirse y me costó atar sus manos por detrás del poste. Ella quería guerra y me lanzó una patada que casi me alcanza en la entrepierna al tiempo que gritaba:
– ¡Nunca mancillareis mi honor, bellaco!
Cogí otra cuerda, esta mucho más gruesa, ella jadeaba frenéticamente mientras la ancha soga iba ciñendo su espectacular cuerpo contra el poste, al llegar a los tobillos me fijé en una pequeña mancha en la moqueta del barco ¡había comenzado a correrse! Cuando acabé de atarla por completo me fije en sus maravillosos pechos, menudos, firmes y desafiantes como su dueña que totalmente desgreñada gritaba fuera de sí:
– ¡Vamos, culminad vuestro infame acto, sed fiel a vuestra condición de salvaje!

La acaricié y ella se estremeció y acercando mi pene a su entrepierna comencé a juguetear pasándoselo por sus ingles y la cara interna de sus muslos fuertemente amarrados al poste. Al poco de introducirlo en su húmeda y caliente vagina ella se corrió en frenético orgasmo. Nunca olvidaré su cara en aquel glorioso momento. Yo aún tuve tiempo para unas cuantas arremetidas que la hicieron llegar por segunda vez al clímax, en esta ocasión los dos estallamos al tiempo.
Caí rendido al pie del poste donde ella aún permanecía atada y ya mucho más calmada, quieta y con su cabeza ladeada en dulce abandono. Estuvimos así hasta que algo húmedo rozó mi espalda. Lloraba. De inmediato me incorporé y me interesé por su estado:
– ¿Te he hecho daño, cariño?- le dije mientras la desataba.
– No, no es eso, lloro de rabia al pensar que lo tengo muy crudo para verte. ¡Vives al otro lado del charco!
La besé, la rodeé tiernamente con mis brazos camino del camarote. Ya en la litera, la abracé y le dije:
– Si, pero salen barcos a diario. En tres horas nos podemos tener el uno al otro.
Por supuesto, volvimos a vernos varias veces hasta que el tiempo, la distancia y las circunstancias separaron nuestros caminos. Es por eso que ahora, cuatro años después de aquella memorable noche en Cala Falcó, contemplo el mar desde la terraza de mi casa con una mezcla de nostalgia e impotencia.
Un saludo para todos.

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