Relato erótico

Las casualidades ¿existen?

Charo
10 de agosto del 2018

Lo conoció en un chat y durante meses se conectaban cada noche. Intercambiaban historias que escribían, jugaban al dominó y acababan hablando de temas eróticos y fantasías. Nunca pensó que llegaría a conocerlo pero…

Cristina – Barcelona
Me llamo Cristina, tengo 27 años y según dicen soy atractiva. Mido 1,70, buenas tetas, buen culo y me gusta hacer gimnasia y tonificar mi cuerpo. Vivo en un pueblecito pescador cercano a Barcelona y trabajo en una oficina inmobiliaria y en estos momentos, por una historia que no viene al caso, no tengo pareja.
Desde entonces, mi norma no es conocer a nadie por internet, pero como decía Javier, las normas se hicieron para romperlas. Javier era un amigo que conocí a través de Internet, en un chat. Me sorprendió.
Tenía una gran ternura, que escondía un corazón fogoso e imaginativo. Nuestra común afición, que es la escritura, quizás es lo que al principio nos acercó un poco. Aprovechábamos algunos momentos cada día para compartir ideas, y como no, para dar rienda suelta a nuestras fantasías sexuales.
Una noche de domingo mientras jugábamos al domino en la pantalla, para hacerlo más interesante nos jugamos nuestros números de móviles. Perdí yo como de costumbre y le se lo di. La verdad es que no me sabía mal haber perdido porque solo nos conocíamos por fotografía. Diablos, nos apetecía conocer nuestras voces, era querer saber algo más de nosotros.
Me llamó el lunes por la mañana, yo estaba trabajando y al oír el teléfono tuve el presentimiento que sería él.
– Hola, soy Javier – dijo con una voz un tanto susurrante, parecía como si le ahogasen las palabras por la emoción del momento.
Tenía una voz sensual y dulce. No se como me la imaginaba, quizás más blanda por la forma que tenía de escribir, acabando muchas veces las frases con puntos suspensivos. Pero me encantó su voz. El dijo que yo también le había sorprendido, que no esperaba ese acento en mi voz, que le desconcertó
– Sí que lo tengo, es de Canarias – dije
– Ya decía yo que lo conocía, conozco muy bien las islas, soy un enamorado de ellas y de Tenerife en particular, del Puerto de la Cruz, Garachico, Icod…
Empezamos a hablar de mi querida isla y así pasamos un rato. Por la noche cuando jugábamos nuestra acostumbrada partida de dominó, me dijo que durante unos días estaría desconectado. Se iba de vacaciones con su mujer a la costa. Me resigné. Continuaría haciendo solitarios, porque a esas horas no tengo ningún otro amigo aficionado a los juegos.
Pasaron unos días y el viernes por la tarde al salir del trabajo fui al súper que hay al lado de mi oficina. Me pareció ver una cara conocida. Él no sabía donde vivo y mucho menos donde trabajo o eso creía yo, por lo tanto pensé que debía ser alguien que se parecía mucho. No obstante lo seguí un rato con la mirada.

Vi como se acercaba a mi empujando un carrito de la compra detrás de la que yo deduje debía ser su mujer. Se le veía aburrido. Yo en realidad no estaba segura que fuese él, no tenía ninguna fotografía a mano para comparar y la imaginación a veces nos juega malas pasadas Mi curiosidad pudo más que mi sensatez. Yo quería asegurarme de que era él, pero sin que se enterase que me tenía tan cerca.
Por eso decidí hacerle una llamada. Si era él desde luego contestaría y yo desde mi rincón podría observarlo todo. Mis ojos no se apartaban de él. Lo seguían en cada paso que daba. Y luego vi como pausadamente sacaba su teléfono del bolsillo, miraba quien le llamaba y como al ver el nombre, observaba a su mujer y viéndola distraída se apartó un poco para contestar la llamada.
– Hola – dijo.
– Hola, ¿qué haces… qué tal las vacaciones?
– Añorándote, estoy de compras con mi mujer.
– Pues que bien, te lo debes pasar de muerte.
– Malvada, encima no te burles.
Hablamos solo un ratito, yo veía como no le quitaba el ojo a su mujer, y al darse cuenta que ella le miraba se despidió rápidamente. Se acercó a ella y se alejaron por el pasillo. Al poco rato, me acerqué a la caja y justo en ese instante ellos estaban abonando la compra. Nuestras miradas se cruzaron por un instante, pero ni él hizo el menor gesto de haberme conocido, ni yo le dije nada. Volví la cara cuando estaba a una distancia prudencial y observé que me estaba mirando pensativo. Pagué mi compra y volví a casa y por la noche, cuando me conecté a Internet, pensé en lo que había pasado.
Llegó el sábado y como tenía que trabajar hasta el mediodía me pasé a primera hora por el súper. Estaba cogiendo pan de la estantería, cuando una voz hizo que me sobresaltara y el vello se me erizó. Fue un escalofrió que me recorrió todo el cuerpo.
– ¿Eres tú, verdad? – dijo Javier.
– Hola Javier – dije tímidamente, al tiempo que pensé morirme, sintiendo la necesidad de esconderme.
– No podía creer que fueses tú, tuve que volver para asegurarme.
Estuvimos hablando un rato sobre mi precioso pueblo. El año anterior vino aquí de vacaciones con un viaje programado y se quedó con las ganas de conocer muchos de sus pintorescos rincones. Por eso, este año había venido por su cuenta para recorrer toda la zona.
– Podrías hacerme de “guía”, seguro que conoces sitios que yo nunca podría encontrar solo.
– Sabes que no puedo, no salgo con nadie y menos de Internet, es mi norma.
– Si, y las normas se hacen para romperlas. ¡Ven a comer conmigo!-

Mis perspectivas para la tarde del sábado eran quedarme en casa chateando o lo más, coger una toalla e irme a la playa a tomar el sol.
Era tentador, comer en buena compañía y hablar, hablar hasta que se me quedase la lengua seca… era algo que nunca podía hacer un sábado.
– No, de verdad, no puedo
– Sí que puedes, ¿de qué tienes miedo? Si quieres subimos al coche y nos vamos a otro sitio.
Mis defensas estaban cayendo, una buena comida, una buena charla. ¿Qué mal había?
– Vale, a las dos termino, pero he de ir a casa para arreglarme. Recógeme aquí a las tres.
Me miró como si no se lo creyese, pero me dijo que allí estaría. A mi no me interesaba que supiese donde vivía y mi mente rápidamente había calculado. A las tres y media estaríamos comiendo, que menos que dos horas para comer y hablar, o sea que a las cinco y media estaría lista. Entonces me quedaría toda la tarde libre y no me apetecía volver a casa una vez que me había decidido a salir. Por eso al ir a cambiarme me había puesto un bikini, encima un vestido fresquito de tirantes con un gran escote en la espalda y había preparado una gran toalla para luego quedarme en la playa. Cuando volví estaba esperando recostado en su coche. Desde lejos me entretuve a mirarlo, era elegante, vestía camisa de lino color verde, pantalones beig también de lino, y calzaba zapatos marrones. Me encantó su estilo y nerviosa me dirigí hacia él pero en el acto volvieron los temores, ¿y si alguien me veía? Al diablo con todos, una vez tomada la decisión había que seguir adelante.
Me ayudó a acomodarme y nos fuimos a comer a un pueblecito de al lado. Comimos una riquísima mariscada acompañada de un fresquito vino de Ribeiro que pasaba como el agua, y casi sin darnos cuenta habíamos vaciado dos botellas.
Se pasó la tarde rápidamente, él me hablaba del libro que estaba escribiendo, me había enviado una copia por mail y me encantaba su estilo, yo le hablaba de las locuras que yo escribía y sin darnos cuenta se hicieron las seis de la tarde. La idea era que me acompañase a una playa cerca de casa donde yo me quedaría hasta las ocho. Pero el diablo no descansa y siempre está a punto para hacer de las suyas.
Estábamos demasiado mareados para conducir, por lo que pensamos que lo mejor sería un baño para despejarnos, en el maletero Javier llevaba una toalla y un bañador y entró a los servicios a cambiarse. A las seis de la tarde después de darle el sol todo el día, el agua estaba riquísima. Jugamos y retozamos como críos. Cada vez que nuestros cuerpos se rozaban saltaban chispas de la excitación que se estaba generando, y no sé si por efecto de la bebida o por el deseo contenido empezamos a tocarnos peligrosamente.

Alejados de la orilla nuestras manos exploraban los cuerpos, buscando los puntos sensibles. Sus manos oprimían mis glúteos y me apretaba contra él sintiendo en el vientre la presión de su pene duro y erecto. Sin ninguna palabra y casi al mismo tiempo, nos sacamos nuestros bañadores y nuestros sexos se frotaron, sus manos apretaron mis nalgas y me levantó ligeramente, cosa que fue fácil ya que el agua hacía que mi cuerpo flotase, me subió por encima de su polla y me dejó caer introduciéndomelo hasta el fondo de mi coño.
Es hermoso hacer el amor en el mar, los cuerpos ingrávidos flotan y se acoplan perfectamente. Entraba y salía frenéticamente y mi chochito lo acogía como si siempre hubiese esperado su llegada. Fue un polvo rápido pero placentero y al sentir como mis paredes vaginales oprimían su miembro en los espasmos del orgasmo, aceleró sus movimientos y besando fuertemente mis labios, se vació dentro de mí. Quedamos abrazados, quietos, sintiendo como nuestros corazones volvían al ritmo normal, pero aún con deseos.
No muy lejos vimos una pequeña y solitaria cala, y nos pusimos a nadar hacia ella. Llegamos agotados por el esfuerzo y nos dejamos caer en la arena, uno al lado del otro tocando nuestras manos, sintiendo nuestra respiración agitada. El agua fría, el cansancio por la natación, y sobre todo la excitación sexual a que estábamos sometidos habían conseguido disipar por completo los efectos del alcohol. Ya no tenía la excusa de la bebida, y cuando sus manos comenzaron a acariciar mi vientre, me estremecí toda. Cerré mi mente a cualquier pensamiento que me distrajese de este instante y me dispuse a gozar de las habilidades de Javier.
Me tumbé sobre él y mi cuerpo fue resbalando sobre el suyo, hasta que mi boca estuvo a la altura de su glande rojo y brillante. Primero lo acaricié con los labios, sin atreverme totalmente a satisfacer mis deseos. Miré su cara y vi que tenía los ojos cerrados y una expresión de placer inigualable. Entonces con la lengua recorrí su contorno y fui bajando por la verga hasta llegar a los testículos, con los labios los oprimía mientras que con la lengua le daba unos golpecitos que lo volvían loco, volví a subir con la lengua hasta el glande, donde unas pequeñas gotas anunciaban el inminente orgasmo. Pasé la lengua deleitándome con el dulce sabor de su néctar, saboreando sus jugos mientras el apretaba mi cabeza contra su pene, entrándome en la boca hasta la garganta. Sentía los latidos en mi lengua y eso me excitaba de tal manera que volví a tener un orgasmo furioso y placentero.

Mi sexo se agitaba en unas contracciones interminables, cuando sentí que mi boca se inundaba de su semen dulce y caliente.
Estaba oscureciendo, no sabíamos la hora que era, pero una vez relajados empezábamos a tener frío, así que decidimos volver y nos metimos en el mar nadando hacia la playa. Llegamos agotados, nos vestimos y entramos en un bar a tomar unos calamares con cerveza. Eran casi las nueve de la noche, y aunque estábamos muy bien juntos sabíamos que teníamos que separarnos. Me acompañó hasta el aparcamiento, estaba oscuro y apretándome contra su cuerpo me besó apasionadamente.
– ¿Cuándo volvemos a vernos? – me dijo
– Nunca – le contesté – esto no tenía que haber pasado y nunca más pasará
– ¿Te arrepientes?
– No, ya está hecho y lo he disfrutado, pero tenemos que ser sensatos.
– Pues esto no podremos olvidarlo – dijo Javier.
– Imaginemos que es una historia que hemos escrito juntos. Así cada vez que la leamos podremos recordarla y disfrutarla.
Nos teníamos que separar, así que lo besé suavemente en los labios y antes de que pudiese reaccionar, escapé corriendo por una esquina. Llegué a casa, tomé una ducha y me acosté. Este sábado no había tenido que matar mis horas de aburrimiento conectada a Internet.
Besos y hasta otra.

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